Posteado por: physis | 27/05/2009

Los peligros de imprimir dinero

Imprimir-Dinero_00En estos días de quantitative easing, de tipos de interés artificialmente bajos y de gobiernos compitiendo frenéticamente por rescatar a sus respectivos bancos mediante emisiones de deuda pública (con un volumen que va a hipotecar los ingresos por impuestos de dos generaciones), la revista TIME ha publicado un reportaje fotográfico sobre la hiperinflación alemana titulado The dangers of printing money. Recordándonos y advirtiéndonos que el resultado final de estas irresponsables políticas monetarias es el envilecimiento progresivo del dinero hasta su destrucción final. Un fenómeno recurrente tanto en la historia moderna como la antigua y que demuestra una vez más la siguiente máxima: “lo único que hemos aprendido de la historia es que precisamente el hombre no aprende de la historia”. Por su interés reproduzco las imágenes traduciendo los pie de foto.

José Ignacio del Castillo describe el proceso en su artículo Las claves de la inflación (25/04/2007).

Desafortunadamente, ni Friedman ni Von Mises dieron entrada en su definición de inflación a un aspecto, el de la calidad de la moneda que es objeto de la inflación, que ayuda todavía más a comprender este pernicioso fenómeno. En una ilustración enormemente gráfica, Faustino Ballvé escribía que el fenómeno de la inflación era similar al de aguar el vino. No sólo se incrementaba la cantidad disponible, sino que la calidad resultante era notablemente inferior. O, como dijo Jacques Rueff, el padre de la reforma monetaria francesa de finales de los años 50, inflar la moneda es conceder a sus beneficiarios la potestad de demandar sin ofrecer, de sacar bienes y servicios de la economía sin que haya habido una aportación previa de riqueza por igual valor. Es por ello que la definición más precisa de inflación sería probablemente la de “deterioro en la calidad de dinero mediante la incorporación al circulante monetario de numerario sin las cualidades dinerarias necesarias”.

El proceso de inflación en épocas pasadas, principalmente, se llevaba a cabo mediante una rebaja en el contenido de metal precioso de la moneda. Con la generalización del uso del billete o de los depósitos bancarios, el proceso inflacionario pasó a materializarse a través de la concesión de créditos sin respaldo de ahorro previo. En general los bancos envilecen el dinero produciendo inflación cada vez que lanzan a la circulación billetes o depósitos de nueva creación a cambio de activos no líquidos, de los cuales la deuda pública es el más conspicuo aunque no el único representante –añádanse hipotecas, letras de peloteo, préstamos para financiar inversiones a largo plazo, préstamos al consumo, etc.–.
Una vez aclarado el fenómeno, es fácil deducir algunas conclusiones sobre la cuestión. En primer lugar, podemos desterrar la falacia que trata de vincular inflación con crecimiento económico. La inflación es un fenómeno independiente del crecimiento. Por un lado, dos de las fases de crecimiento económico más espectacular de los últimos 150 años, el milagro económico alemán de la posguerra y el surgimiento de los EE.UU. como potencia industrial en las últimas décadas del siglo XIX, se produjeron con entornos de moneda sana (creación del DeutscheMark, vuelta al patrón oro tras la Guerra de Secesión). Por otro lado, la inflación ha estado presente en variados episodios de estancamiento o contracción: los EE.UU y Europa en los años 70, por no hablar de los numerosos periodos hiperinflacionarios de Latinoamérica o África.
Bien es verdad que existe un caso en que la inflación puede tener un efecto temporalmente estimulante. Es cuando ésta se canaliza a través del crédito para financiar industrias y los precios al consumo logran mantener cierta estabilidad. Sin embargo, tal efecto no sólo termina tan pronto cesa la inflación, sino que es embrionario del conocido ciclo recurrente de expansiones y recesiones que asolan a las economías que tratan de sustituir la formación de capital a través del ahorro real con procesos inflacionarios de dinero abundante y barato. Más aún, cuando la inflación es esperada, los agentes económicos ajustan sus previsiones. Así, se generalizan procedimientos como la indexación de salarios y contratos o una creciente prima de riesgo incorporada al tipo de interés. Todo ello, al incrementar los costes empresariales, diluye cualquier efecto estimulante del crecimiento que la inflación pudiera haber pretendido.
Los efectos son incalculablemente más perniciosos si para combatirla se adoptan controles de precios y cambios. Si no se permite a los precios transmitir información sobre la escasez relativa existente en cada rama de la economía, se desajusta la producción y se hace imposible calcular. No sólo tales controles son ineficaces, sino que tienden a agravar la situación debido a los desabastecimientos que provocan y a la cantidad de horas que se pierden haciendo cola para obtener las raciones que se establecen. Los controles, por un lado, corrompen a funcionarios que trafican con cartillas de racionamiento, asignación de cuotas, permisos de importación, divisas, etc., y, por otro, ponen en funcionamiento un mercado negro que necesariamente tiene que cargar los mayores precios y las menores calidades asociadas a los costes de la ilegalidad. Los controles de precios y cambios, en resumen, restringen gravemente las libertades, además de servir de coartada para demorar el cese del envilecimiento monetario, pues los gobernantes pretenden hacer creer a la población que se está haciendo algo. Aparecen los grandilocuentes discursos contra los especuladores, los acaparadores, el mercado…
Se atribuye a Lenin haber comentado que “el mejor modo de destruir el sistema capitalista era envilecer la moneda. Mediante un proceso continuo de inflación, los gobiernos son capaces de confiscar, en secreto y sin que la gente se dé cuenta, una parte importante de la riqueza de los ciudadanos. Mediante este método no sólo confiscan, sino que confiscan arbitrariamente, en un proceso que empobrece a muchos y enriquece a algunos; afectando así no sólo a la seguridad, sino a la confianza en la justa distribución de la riqueza”. Conseguir, de paso, echar la culpa al mercado y proponer como salvación la nacionalización de todos los precios, los cambios y la economía en general es algo que sólo una población tan envilecida como la moneda puede llegar a ser capaz de admitir.

El proceso de inflación en épocas pasadas, principalmente, se llevaba a cabo mediante una rebaja en el contenido de metal precioso de la moneda. Con la generalización del uso del billete o de los depósitos bancarios, el proceso inflacionario pasó a materializarse a través de la concesión de créditos sin respaldo de ahorro previo. En general los bancos envilecen el dinero produciendo inflación cada vez que lanzan a la circulación billetes o depósitos de nueva creación a cambio de activos no líquidos, de los cuales la deuda pública es el más conspicuo aunque no el único representante –añádanse hipotecas, letras de peloteo, préstamos para financiar inversiones a largo plazo, préstamos al consumo, etc.–.

Una vez aclarado el fenómeno, es fácil deducir algunas conclusiones sobre la cuestión. En primer lugar, podemos desterrar la falacia que trata de vincular inflación con crecimiento económico. La inflación es un fenómeno independiente del crecimiento. Por un lado, dos de las fases de crecimiento económico más espectacular de los últimos 150 años, el milagro económico alemán de la posguerra y el surgimiento de los EE.UU. como potencia industrial en las últimas décadas del siglo XIX, se produjeron con entornos de moneda sana (creación del DeutscheMark, vuelta al patrón oro tras la Guerra de Secesión). Por otro lado, la inflación ha estado presente en variados episodios de estancamiento o contracción: los EE.UU y Europa en los años 70, por no hablar de los numerosos periodos hiperinflacionarios de Latinoamérica o África.

Bien es verdad que existe un caso en que la inflación puede tener un efecto temporalmente estimulante. Es cuando ésta se canaliza a través del crédito para financiar industrias y los precios al consumo logran mantener cierta estabilidad. Sin embargo, tal efecto no sólo termina tan pronto cesa la inflación, sino que es embrionario del conocido ciclo recurrente de expansiones y recesiones que asolan a las economías que tratan de sustituir la formación de capital a través del ahorro real con procesos inflacionarios de dinero abundante y barato. Más aún, cuando la inflación es esperada, los agentes económicos ajustan sus previsiones. Así, se generalizan procedimientos como la indexación de salarios y contratos o una creciente prima de riesgo incorporada al tipo de interés. Todo ello, al incrementar los costes empresariales, diluye cualquier efecto estimulante del crecimiento que la inflación pudiera haber pretendido.

Los efectos son incalculablemente más perniciosos si para combatirla se adoptan controles de precios y cambios. Si no se permite a los precios transmitir información sobre la escasez relativa existente en cada rama de la economía, se desajusta la producción y se hace imposible calcular. No sólo tales controles son ineficaces, sino que tienden a agravar la situación debido a los desabastecimientos que provocan y a la cantidad de horas que se pierden haciendo cola para obtener las raciones que se establecen. Los controles, por un lado, corrompen a funcionarios que trafican con cartillas de racionamiento, asignación de cuotas, permisos de importación, divisas, etc., y, por otro, ponen en funcionamiento un mercado negro que necesariamente tiene que cargar los mayores precios y las menores calidades asociadas a los costes de la ilegalidad. Los controles de precios y cambios, en resumen, restringen gravemente las libertades, además de servir de coartada para demorar el cese del envilecimiento monetario, pues los gobernantes pretenden hacer creer a la población que se está haciendo algo. Aparecen los grandilocuentes discursos contra los especuladores, los acaparadores, el mercado…

Se atribuye a Lenin haber comentado que “el mejor modo de destruir el sistema capitalista era envilecer la moneda. Mediante un proceso continuo de inflación, los gobiernos son capaces de confiscar, en secreto y sin que la gente se dé cuenta, una parte importante de la riqueza de los ciudadanos. Mediante este método no sólo confiscan, sino que confiscan arbitrariamente, en un proceso que empobrece a muchos y enriquece a algunos; afectando así no sólo a la seguridad, sino a la confianza en la justa distribución de la riqueza”. Conseguir, de paso, echar la culpa al mercado y proponer como salvación la nacionalización de todos los precios, los cambios y la economía en general es algo que sólo una población tan envilecida como la moneda puede llegar a ser capaz de admitir.

Las fotos:

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Tiempos difíciles (Bettmann/Corbis). Durante los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, Alemania se puso a imprimir dinero para poder cubrir los gastos. Con la inflación disparada y el marco aleman hundiéndose las cosas aún se pusieron peor cuando los franceses ocuparon la región industrial del Ruhr. Los trabajadores, la clase media y los pensionistas todavía fueron golpeados más duramente por la crisis. En la foto, el Ejército de Salvación presta sus servicios a unos hambrientos berlineses en los oscuros días de 1923.

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¿Quién quiere ser millonario? (Bettmann/Corbis). En medio de una inflación galopante se tuvieron que imprimir nuevos billetes bancarios. Esta es la foto de uno de 50 millones de marcos en 1923. Una denominación pequeña comparada con los nuevos billetes de 100 billones de marcos que se tuvieron que imprimir pocos meses después.

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Juego de niños (Hulton-Deutsch Collection/Corbis). Los pequeños olvidan los juguetes, pues con un cambio de 4,2 billones de marcos por dólar a finales de 1923, los niños alemanes jugaban en las calles con los billetes empaquetados que ya no tenían valor.

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Para poder ir al circo (Keystone/Corbis). Con un marco prácticamente destrozado se hizo necesario volver al trueque. En la foto se observa un grupo de alemanes que intercabian pan, salchichas y mermelada para poder comprar las entrads del circo.

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Contando los billetes (Hulton-Deutsch Collection/Corbis). Empleados del Banco de Colonia apilando millones de marcos para distribuir entre los angustiados clientes.

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Mercado negro (Hulton-Deutsch Collection/Corbis). Los dólares americanos eran una valiosa posesión. Aquí dos hombres cambiando marcos por dólares en una calle de berlín en 1922.

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Dinero para nada (Hulton-Deutsch Collection/Corbis). Finalmente, el colapso del marco hizo más barato empapelar las paredes con billetes que con papel pintado.

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Guardándolos en un palé (Hulton-Deutsch Collection/Corbis). La desbocada inflación de 1922 provocó que gente como este tendero tuviera que vaciar periódicamente su caja registradora y guardar los billetes en los palé de madera del te. Los trabajadores iban a cobrar sus salarios con maletas y a continuación corrían apresuradamente a gastarlos antes de que perdieran en pocos días su valor.

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Alimentando las llamas (Corbis). Los marcos alemanes de 1922 ya no valían nada en 1923, así que se terminaron usando para encender las antiguas cocinas de leña.

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Signos de los timpos (Bettmann/Corbis). En este restaurante de Berlín la carne y el pescado alcanzan precios desorbitados. Los arenques en escabeche (que valen 350 marcos cada uno) son el plato más barato. Finalmente el marco se recuperó y prevaleció como moneda alemana hasta que fue reemplazada por el euro.

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Responses

  1. Por supuesto.

  2. Gracias por el artículo. Me pregunto si puedo citarte en algún taller por la paz y el desarrollo.

  3. Articulo muy atinado…. muy buenas fotografias…!!! por cierto tengo un billete de 50 millones de marcos identico al que esta arriba…, si alguien quiere negociar mi correo es julito11castillo@hotmail.com

  4. Corregido. Gracias.

  5. Error en el pie de la primera foto: la hiperinflación fué tras la Primera Guerra Mundial (no la Segunda) y propició la psicologia de masas del fascismo que llevó a Alemania a la Segunda.

  6. Excelente articulo…muy claros y simplificados los efectos REALES de la inflacion!! El aumento de precios es la inflacion en si, pero pocas veces explican los efectos reales y el trasfondo del fenomeno…la mas grande estafa que existe. Felicitaciones!!

  7. Excelente artículo. Felicidades


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