Posteado por: physis | 18/09/2009

Wilhelm Röpke: la inflación reprimida

wilhelm-roepkeSaber si esta crisis va a terminar en deflación o inflación es algo que trae de cabeza a los economistas y muy especialmente a los gestores de riesgo y de carteras de inversión, pues suponen dos estrategias completamente distintas.

No pocos se deben estar preguntando cómo puede estar repuntando de nuevo la inflación cuando aumenta el desempleo, el consumo se ha retraído, el crédito raya con cero y está creciendo de nuevo el ahorro por doquier.

Ya comentamos en su momento que era importante tener en cuenta los diferentes agregados monetarios y la demanda de materias primas como inversión para comprender qué podía pasar. Así, mientras la crisis está golpeando y mucho el dinero a nivel de calle, no parece estar afectando de la misma manera a los agregados monetarios superiores. El brusco repunte de las bolsas es buena prueba de ello. Pero lo más curioso es cómo, a pesar de la reducción significativa de la demanda internacinal de petróleo, su precio ha escalado hasta el nivel de los 70$ sin mayor problema, mientras que el gas natural sigue reptando por los mínimos conseguidos. Una brecha que sin lugar a dudas permite cierto arbitraje de tipo energético importante y que a pesar de producirse sigue sin poder cerrarse.

Esta anomalía guarda su semejanza con la que se produjo en pleno hundimiento del precio del crudo, cuando el WTI cotizaba por debajo del Brent contra toda lógica. A no ser que fuera el primero quien estaba marcando la pauta bajista para que con el arbitraje se arrastrara en la caída al crudo del Mar del Norte. No espere que nadie le apunte estos detalles, pues la única explicación que parece encajar es la de alguna mano negra bien metidita en los mercados. Símplemente. En algún artículo posterior se explicará cómo se hizo.

En efecto, la inflación del sistema es enorme (aún antes de los rescates con dinero público) y cualquier oportunidad de beneficio atrae abundante liquidez financiera en respuesta. Con la garantía de que todos van a seguir el reclamo porque no queda mucho donde invertir, basta con dejar caer un poco el dólar y mantener el petróleo sobre los 70$ unos cuantos meses para vencer la temida deflación. Funciona todo tan rápido que la curva de los diferentes IPC nacionales vuelve a la zona positiva en un par o tres de meses. Y poco importa ya que se consuma menos en las gasolineras, porque para eso están los mercados de futuros, los ETF, ETN y cuantos estructurados se deseen crear para hacer valer esos billones en derivados sobre materias primas que informa el BIS.

Pero lo que esto demuestra en el fondo es no sólo que el IPC lleva más masajes encima que las piernas de Indurain, sino sobre todo que hay un férreo control sobre cualquier materia prima para que no pueda repuntar su precio más de lo necesario o conveniente. Es decir, aunque aparezca deflación a nivel de calle, el sistema económico en su conjunto no tiene deflación, sino más bien una inflación reprimida que estallará cuando sea imposible controlarla mediante los mercados de futuros y opciones. Algo que por otro lado podría estar más cerca de lo que parece tal como indican las bases del oro.

Por otro lado, algunos socialistas comienzan a entender cómo funciona el sistema monetario y, en un arrebato de principios, creen que el mejor modo de resolver la cuestión es entregar la emisión de dinero íntegramente al estado. Los más radicales se felicitan de semejante idea porque ven en ello el fin de la lacra del capitalismo y el renacer de una nueva era donde el estandarte será el cuerno de la abundancia. Ellen Hodgson y su libro Web of Debt está en esta línea.

La escritora ha buscado ejemplos de nacionalizaciones monetarias y rastreando en la historia parece haber encontrado un ejemplo en Hitler. Quiere hacer ver a los lectores que el modelo económico de Hjalmar Schacht fue una bicoca. Es de agradecer que la autora nos enseñe el verdadero rostro del socialismo y sus intenciones ocultas de represión, pero desgraciadamente omite sin mayor rubor que por las calles caminaban tiesos y enfundados en flamantes uniformes los colegas de la Gestapo y las SS, impidiendo con el terror cualquier subida de los precios y obligando pistola en mano al uso de la nueva moneda. Calla también las enormes inyecciones en capital y bienes de equipo que le llovieron al Führer desde EEUU, por no mencionar todas las fortunas que embargaron a los judíos mientras les iban encerrando en guetos con el triste final que ya todos conocemos. Y por supuesto, pasa de puntillas por el hecho de que todo aquel invento monetario terminó generando la GM-II, pues lo que en el fondo se estaba preparando era una economía de guerra.

Ludwig-ErhardEl verdadero milagro alemán se produjo de la mano de Ludwig Erhard y Wilhelm Röpke en 1948. Cuando hasta EEUU apostaba por un modelo socialista de perfil bajo para Alemania, Erhard consiguió en meses transformar una economía basada en la escasez, el racionamiento y la inflación crónica en otra con un nuevo marco fuerte y convertible.

Por eso quiero recordar al lector este fragmento del capítulo 4 del libro Introducción a la economía política de Röpke. Aunque ha evolucionado mucho la economía y los sistemas de control de precios se han sofisticado hasta el extremo de pasar desapercibidos, la gestión en mercados OTC mediante derivados sobre materias primas, divisas y deuda por los bancos centrales y sus primeros bancos de inversión no deja de ser un tipo de inflación reprimida. Desgraciadamente, cuando la gente se dé cuenta de lo que realmente está sucediendo será demasiado tarde y las consecuencias serán devastadoras.

LA INFLACIÓN REPRIMIDA. Wilhelm Röpke.

Hoy ya no dudamos que la cantidad de dinero en circulación influye decisivamente en el poder adquisitivo del dinero, de tal manera que un aumento del dinero reduce su poder adquisitivo (inflación) y una disminución lo eleva (deflación). A la larga, el peligro de un aumento inflacionista de la cantidad de dinero es mucho mayor que el de una disminución deflacionista, ya que la tentación es mucho mayor y los efectos inmediatos suelen ser mucho más populares. En la historia reciente no se conoce ningún caso de asesinato de un estadista responsable de una inflación, pero si se pueden citar inmediatamente varios casos de asesinato de un hombre de Estado al que se hacía responsable de una deflación (Por ejemplo, en Checoslovaquia y en el Japón). Basta esta sola indicación para comprender que la arbitrariedad en la emisión de dinero suele dirigirse más hacia el exceso que hacia el defecto, ya que es el camino de la mínima resistencia y máxima seducción.
n la relación entre cantidad de dinero y cantidad de bienes que por él se cambia está el principal motivo determinante del valor o poder adquisitivo del dinero
(teoría cuantitativa o de la escasez del dinero). Si se producen esas graves enfermedades del dinero que calificamos en inflación y deflación, que se caracterizan por agudos y repentinos cambios en el poder adquisitivo del dinero, tendremos que buscar sus causas en un gran aumento o en una gran disminución de la cantidad de dinero, a la cual tendremos que agregar siempre el dinero bancario (contracción o expansión del crédito). El requisito más importante de un sistema monetario ordenado es, pues, la limitación de la cantidad de dinero frente a las tendencias a la inflación, que estén siempre al acecho.
Nuestra generación, que aún recuerda con espanto las inflaciones de la época posterior a la Primera Guerra Mundial; y ahora, después de la segunda conflagración mundial, ha de sufrir la misma catástrofe en tantos países, no necesita que le expliquen que la peor enfermedad monetaria es aquella inflación que resulta del déficit presupuestario. La inflación alemana de los años 1920-23 quedará siempre en la memoria del mundo de ejemplo de cómo un continuo aumento del dinero con que el Gobierno tapa momentáneamente el hueco abierto en las finanzas públicas y a la vez de cómo tan despreocupada y alevosa cobertura de los gastos públicos tiene por consecuencia un aumento de precios sin precedentes, un exasperante empobrecimiento de unos con desvergonzado enriquecimiento de otros, y, por último, de la peligrosa desintegración de la economía y de la sociedad. Pero no es forzoso que la inflación monetaria causada por un déficit en los presupuestos del Estado, conduzca al desorden económico y social de la inflación abierta tal como la vivimos después de la Gran Guerra de 1914-18. Desde 1933, el nacionalsocialismo alemán ha demostrado que un Gobierno dispuesto a todo es capaz de convertir una inflación abierta en inflación reprimida manteniendo la presión de la inflación sobre precios, salarios, tipos de cambio y cotizaciones de valores mediante una economía coercitiva que lo abarque todo (control de divisas, racionamiento, inmovilización de precios y salarios, regulación del consumo, fiscalización del capital y de las inversiones), y todas las demás medidas encaminadas a impedir el libre empleo de los medios de pago. Pero, desde que Hitler demostró hasta qué extremo y cuánto tiempo puede neutralizar un Gobierno la inflación mediante la economía coercitiva, hay que preguntarse si en el futuro no habrá otro Gobierno que se decida a seguir el mismo camino en tanto disponga de un aparato estatal que funcione. Pero cuanto más aumenta la inflación, tanto más se acentúa la presión, que se trata de compensar mediante la economía coercitiva. Y tanto más amplia y desconsiderada ha de ser también la economía coercitiva para poder detener la creciente presión de la inflación, siendo lícito que nos preguntemos si es posible semejante economía coercitiva sin la esclavitud del totalitarismo de que el Tercer Reich dio ejemplo tan pavoroso.
El ejemplo de Alemania requiere que nos ocupemos un poco más de este singular fenómeno de la inflación reprimida. Como hemos visto, consiste fundamentalmente en que un Gobierno promueve la inflación, prohibiendo más tarde, sin embargo, su influencia sobre los precios y tipos de cambio y sustituyendo las funciones ordenadora e impulsora de los precios por el bien conocido sistema de la economía de tiempo de guerra, consistente en el racionamiento a precios controlados junto con las medidas coercitivas imprescindibles en esos casos. A medida que el exceso inflacionista de dinero hace subir precios, costes y tipos de cambio, el cada vez más amplio y elaborado aparato de la economía coercitiva intenta contrarrestar esta subida mediante medidas policíacas. La inflación reprimida se convierte así en un sistema de precios coactivos ficticios, que suele estar inseparablemente unido al usual sistema económico del colectivismo, y que se ha establecido en todos aquellos países donde el socialismo ha subido al poder o ejerce influencia en él (Unión Soviética, Alemania, Austria, Gran Bretaña, Suecia y muchos otros países europeos). La completa desintegración de la economía alemana, hasta el momento en que fue restablecida radicalmente la verdad y libertad de los precios mediante una amplia reforma monetaria y económica, ha mostrado con trágico énfasis dónde desemboca esta inflación reprimida (verano de 1948). Cuanto más se prolonga esta política, más ficticios se hacen, en un doble sentido, todos los valores económicos nacionales: primero, porque corresponden cada vez menos a la verdadera relación de escasez, y segundo, porque, como consecuencia de ello, disminuyen, progresivamente las transacciones que se realizan con arreglo a esos precios. La distorsión de todas las relaciones de precios, la coexistencia de mercados «oficiales» y «negros» y el antagonismo entre quienes operan en el mercado y el Estado, que lucha desesperadamente por conservar su autoridad, conducen al fin a una situación caótica, en la que falta prácticamente toda clase de orden, ya sea el propio de la economía social de mercado, ya sea el de tipo colectivista. Queda, pues, demostrado que la inflación reprimida es aún peor que la abierta, ya que el dinero acaba por perder, no sólo la función de ordenar el proceso económico actuando como medio de cambio y módulo de valores, como ocurre en las últimas fases de la inflación abierta, sino también la no menos importante de estimular la óptima producción de bienes y su distribución al mercado. El camino de la inflación reprimida termina, pues, en el caos y la paralización. Cuanto más empuja la inflación los precios hacia arriba, tanto más refuerza el Estado la presión de su aparato represivo; pero, tanto más ficticio se hace el sistema de los precios controlados, tanto mayor es el caos económico y el descontento general y tanto más se debilita la autoridad de Gobierno o su pretensión de seguir ostentando un carácter democrático. Si no se detiene a tiempo la inflación reprimida, se desarrollan cada vez en mayor medida sus fuerzas, que acarrean la disolución de la vida económica e incluso la del Estado mismo. Esta moderna enfermedad de la economía es al propio tiempo una de las más graves, y su peligro es aún mayor, porque suele descubrirse por lo general cuando ya se encuentra en una fase muy avanzada.
La inflación de los años inmediatamente posteriores a la Primera Guerra Mundial, en su forma especialmente perniciosa de la inflación reprimida, ha sido superada hoy en la mayoría de los países industriales desarrollados del mundo libre, pero evidentemente no en un gran número de países no desarrollados ni en la zona comunista del mundo, en la que no puede separarse del sistema económico colectivista Claro es que esto no significa que pueda considerarse desterrada la inflación como tal. Allí donde ya no aparece como inflación abierta, adopta el carácter de inflación «reptante», cuya naturaleza no es fácil de determinar. Dos formas especialmente destacadas de esta inflación «reptante» son la llamada «inflación de salarios» y la llamada «inflación importada».
Por inflación de salarios entendemos los impulsos inflacionarios que parten del mercado de trabajo, como consecuencia de los cuales los salarios sobre todo por la acción de los sindicatos que dominan el mercado del trabajo aumentan tanto y tan rápidamente que perturban el equilibrio entre dinero y bienes. Por una parte, surge en tales ocasiones una presión inflacionista de la demanda; por otra, la subida de costos, consecuencia de la elevación de los salarios, acarrea una subida de precios, pero en ambos casos tales fenómenos sólo aparecen en la medida en que las autoridades responsables de la política monetaria del país admitan un incremento correspondiente del volumen de dinero. En otro caso, al igual que una subida de los precios dejaría sin vender una parte de la oferta, la subida de los salarios ocasionaría desempleo. Pero si el Gobierno y los bancos centrales se creen obligados a defender la plena ocupación, incluso ante subidas excesivas de salarios, se encontrarán ante el dilema de aceptar como consecuencia el desempleo o la inflación, decidiéndose a menudo por una «ligera» inflación.

Hoy ya no dudamos que la cantidad de dinero en circulación influye decisivamente en el poder adquisitivo del dinero, de tal manera que un aumento del dinero reduce su poder adquisitivo (inflación) y una disminución lo eleva (deflación). A la larga, el peligro de un aumento inflacionista de la cantidad de dinero es mucho mayor que el de una disminución deflacionista, ya que la tentación es mucho mayor y los efectos inmediatos suelen ser mucho más populares. En la historia reciente no se conoce ningún caso de asesinato de un estadista responsable de una inflación, pero si se pueden citar inmediatamente varios casos de asesinato de un hombre de Estado al que se hacía responsable de una deflación (Por ejemplo, en Checoslovaquia y en el Japón). Basta esta sola indicación para comprender que la arbitrariedad en la emisión de dinero suele dirigirse más hacia el exceso que hacia el defecto, ya que es el camino de la mínima resistencia y máxima seducción.

En la relación entre cantidad de dinero y cantidad de bienes que por él se cambia está el principal motivo determinante del valor o poder adquisitivo del dinero (teoría cuantitativa o de la escasez del dinero). Si se producen esas graves enfermedades del dinero que calificamos en inflación y deflación, que se caracterizan por agudos y repentinos cambios en el poder adquisitivo del dinero, tendremos que buscar sus causas en un gran aumento o en una gran disminución de la cantidad de dinero, a la cual tendremos que agregar siempre el dinero bancario (contracción o expansión del crédito). El requisito más importante de un sistema monetario ordenado es, pues, la limitación de la cantidad de dinero frente a las tendencias inflacionistas, que estén siempre al acecho.

Nuestra generación aún recuerda con espanto las inflaciones de la época posterior a la Primera Guerra Mundial. Pero ahora, después de la segunda conflagración mundial, ha de sufrir la misma catástrofe en muchos países y no necesita que le expliquen que la peor enfermedad monetaria es aquella inflación que resulta del déficit presupuestario. La inflación alemana de los años 1920-23 quedará siempre en la memoria del mundo para ejemplo de cómo un continuado aumento del dinero le permite al Gobierno tapar momentáneamente el hueco abierto en las finanzas públicas. Pero también de cómo tan despreocupada y alevosa cobertura de los gastos públicos tiene como consecuencia un aumento de precios sin precedentes, un exasperante empobrecimiento de la mayoría con el desvergonzado enriquecimiento de la minoría más opulenta y, por último, de la peligrosa desintegración de la economía y de la sociedad. Pero no es forzoso que la inflación monetaria causada por un déficit en los presupuestos del Estado, conduzca al desorden económico y social de la inflación abierta tal como la vivimos después de la Gran Guerra de 1914-18. Desde 1933, el nacionalsocialismo alemán ha demostrado que un Gobierno dispuesto a todo es capaz de convertir una inflación abierta en inflación reprimida, manteniendo la presión de la inflación sobre los precios, salarios, tipos de cambio y cotizaciones de valores mediante una economía coercitiva que lo abarque todo (control de divisas, racionamiento, inmovilización de precios y salarios, regulación del consumo, fiscalización del capital y de las inversiones), y todas las demás medidas encaminadas a impedir el uso libre de los medios de pago. Pero, desde que Hitler demostró hasta qué extremo y cuánto tiempo puede neutralizar un Gobierno la inflación mediante la economía coercitiva, habrá que preguntarse si en el futuro no habrá otro Gobierno que se decida a seguir el mismo camino en la medida que disponga de un aparato estatal que funcione. Pero cuanto más aumenta la inflación, tanto más se acentúa la presión, que se trata de compensar mediante la economía coercitiva. Y tanto más amplia y desconsiderada ha de ser también la economía coercitiva para poder detener la creciente presión de la inflación, siendo lícito que nos preguntemos si es posible semejante economía coercitiva sin la esclavitud del totalitarismo de que el Tercer Reich dio tan pavoroso ejemplo.

El caso de Alemania requiere que nos ocupemos un poco más de este singular fenómeno de la inflación reprimida. Como hemos visto, consiste fundamentalmente en que un Gobierno promueve la inflación, prohibiendo más tarde, sin embargo, su influencia sobre los precios y tipos de cambio y sustituyendo las funciones ordenadora e impulsora de los precios por el bien conocido sistema de la economía de tiempo de guerra, consistente en el racionamiento a precios controlados junto con las medidas coercitivas imprescindibles en esos casos. A medida que el exceso inflacionista de dinero hace subir precios, costes y tipos de cambio, el cada vez más amplio y elaborado aparato de la economía coercitiva intenta contrarrestar esta subida mediante medidas policíacas. La inflación reprimida se convierte así en un sistema de precios coactivos ficticios, que suele estar inseparablemente unido al usual sistema económico del colectivismo, y que se ha establecido en todos aquellos países donde el socialismo ha subido al poder o ejerce influencia (Unión Soviética, Alemania, Austria, Gran Bretaña, Suecia y muchos otros países europeos). La completa desintegración de la economía alemana, hasta el momento en que fue restablecida radicalmente la verdad y libertad de los precios mediante una amplia reforma monetaria y económica, ha mostrado con trágico énfasis dónde desemboca esta inflación reprimida (verano de 1948). Cuanto más se prolonga esta política, más ficticios se hacen, en un doble sentido, todos los valores económicos nacionales: primero, porque corresponden cada vez menos a la verdadera relación de escasez, y segundo, porque, como consecuencia de ello, disminuyen progresivamente las transacciones que se realizan con arreglo a esos precios. La distorsión de todas las relaciones de precios, la coexistencia de mercados «oficiales» y «negros» y el antagonismo entre quienes operan en el mercado y el Estado, que lucha desesperadamente por conservar su autoridad, conducen al final a una situación caótica, en la que falta prácticamente toda clase de orden, ya sea el propio de la economía social de mercado, ya sea el de tipo colectivista. Queda, pues, demostrado que la inflación reprimida es aún peor que la abierta, ya que el dinero acaba por perder, no sólo la función de ordenar el proceso económico actuando como medio de cambio y módulo de valores, como ocurre en las últimas fases de la inflación abierta, sino también la no menos importante de estimular la óptima producción de bienes y su distribución al mercado. El camino de la inflación reprimida termina en el caos y la paralización. Cuanto más empuja la inflación los precios hacia arriba, tanto más refuerza el Estado la presión de su aparato represivo. Pero cuanto más ficticio se hace el sistema de los precios controlados, tanto mayor es el caos económico y el descontento general y tanto más se debilita la autoridad de Gobierno o su pretensión de seguir ostentando un carácter democrático. Si no se detiene a tiempo la inflación reprimida, se desarrollan cada vez en mayor medida sus fuerzas, que acarrean la disolución de la vida económica e incluso la del Estado mismo. Esta moderna enfermedad de la economía es al propio tiempo una de las más graves, y su peligro es aún mayor, porque suele descubrirse por lo general cuando ya se encuentra en una fase muy avanzada.

La inflación de los años inmediatamente posteriores a la Primera Guerra Mundial, en su forma especialmente perniciosa de la inflación reprimida, ha sido superada hoy en la mayoría de los países industriales desarrollados del mundo libre, pero evidentemente no en un gran número de países no desarrollados ni en la zona comunista del mundo, en la que no puede separarse del sistema económico colectivista. Esto no significa que pueda considerarse desterrada la inflación como tal. Allí donde ya no aparece como inflación abierta, adopta el carácter de inflación «reptante», cuya naturaleza no es fácil de determinar. Dos formas especialmente destacadas de esta inflación «reptante» son la llamada «inflación de salarios» y la llamada «inflación importada».

Por inflación de salarios entendemos los impulsos inflacionarios que parten del mercado de trabajo, como consecuencia de los cuales los salarios sobre todo por la acción de los sindicatos que dominan el mercado del trabajo aumentan tanto y tan rápidamente que perturban el equilibrio entre dinero y bienes. Por una parte, surge en tales ocasiones una presión inflacionista de la demanda; por otra, la subida de costos, consecuencia de la elevación de los salarios, acarrea una subida de precios, pero en ambos casos tales fenómenos sólo aparecen en la medida en que las autoridades responsables de la política monetaria del país admitan un incremento correspondiente del volumen de dinero. En otro caso, al igual que una subida de los precios dejaría sin vender una parte de la oferta, la subida de los salarios ocasionaría desempleo. Pero si el Gobierno y los bancos centrales se creen obligados a defender la plena ocupación, incluso ante subidas excesivas de salarios, se encontrarán ante el dilema de aceptar como consecuencia el desempleo o la inflación, decidiéndose a menudo por una «ligera» inflación.

Traducción y comentarios: Joaquín Ferrer Benat

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Responses

  1. No cabe duda de que los sindicatos, sobre todo si son políticos, al presionar al alza de los salarios al margen de la productividad, actúan como monopolios en el mercado laboral. Imponen los precios de la mano de obra y desarticulan todo a la larga, como bien dicen al final del artículo: genera inflación o genera paro. En el caso de España, el continuo aumento del coste unitario laboral independiente de la productividad, durante éstos años, ha llevado al paro. La inflación fue durante los últimos años un punto superior a la media europea y se reflejó en los precios del metro de cuadrado de vivienda, que al final fueron insoportables y el sistema colapsó en cuanto le cortaron el grifo del endeudamiento por la crisis financiera internacional.
    Ahora el paro, paradojicamente, es la solución a la crisis, ante la falta de reformas estructurales. Intentar hacer lo mismo o más, con menos gente. Y mantener el poder adquisitivo de los que trabajan a costa de los que no tienen trabajo (bueno, la realidad es que está aumentando la economía sumergida, que anda ya por el 22% del PIB, unos 240.000 millones al año, de los que se dejan de recaudar unos 80.000 millones, por lo que tienen que subir impuestos a los que no se pueden escaquear). Estamos en un círculo infernal.

  2. El origen de la inflación se encuentra en el sistema financiero. Cuando un banco concede un préstamo está lanzando dinero al mercado sin respaldo. Por tanto devalúa la moneda.
    Por esta razón un padre de familia hace treinta años podía mantener mujer y dos o tres hijos, mientras hoy día una pareja, trabajando los dos, apenas pueden tener uno.

  3. Ese sesudo análisis sobre la inflación, especialmente a nivel mundial, sirve para los paìses normales.
    En nuestro país, existe un sistema perverso que hace que la clase trabajadora – la que trabaja en blanco y protegida por los sindicatos, por el que permanentemente hay exigencias de mayores salarios y mejoras de otro tipo, que por lo general redundan en menor producción. Esas exigencias de aumentos de salarios, siempre o casi siempre, exceden las posibilidades de la empresa o servicio pùblico, lo que hace que se aumente la mercadería. Se produce una rueda infernal, un “sálvese quien pueda” y eso produce la inflación desbocada, desórdenes de todo tipo traducido en paros, violencia, la miseria para quienes no tienen fuerza salarial, y el descrédito del país, que por todas esas causas, pierde inversiones. Por otro lado, los comerciantes o empresarios, el propio Estado, en previsión de mayores costos, se apresuran a aumentar los precios.


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