Posteado por: physis | 28/10/2009

La acción humana como conjunto de etapas sucesivas

manos

Jesús Huerta de Soto

DINERO, CRÉDITO BANCARIO Y CICLOS ECONÓMICOS.

Capítulo V: Efectos de la expansión crediticia bancaria sobre el sistema económico.

La acción humana como conjunto de etapas sucesivas

En principio, puede definirse la acción humana (1) como todo comportamiento o conducta deliberada. El hombre, al actuar, pretende alcanzar unos determinados fines que habrá descubierto que son importantes para él. Se denomina valor a la apreciación subjetiva, psíquicamente más o menos intensa, que el actor da a su fin. Medio es todo aquello que el actor subjetivamente considera que es adecuado para lograr un fin. Llamamos utilidad a la apreciación subjetiva que el actor da al medio, en función del valor del fin que él piensa que aquel medio le permitirá alcanzar. Los medios, por definición, han de ser escasos, puesto que si no fueran considerados escasos por el actor cara a los fines que pretende lograr, ni siquiera serían tenidos en cuenta a la hora de actuar. Fines y medios no están «dados», sino que, por el contrario, son el resultado de la esencial actividad empresarial del ser humano, que consiste precisamente en crear, descubrir o, simplemente, darse cuenta de cuáles son los fines y medios relevantes para el actor en cada circunstancia de su vida. Una vez que el actor cree haber descubierto cuáles son los fines que le merecen la pena, se hace una idea de los medios que cree que se encuentran a su alcance para lograrlos, e incorpora unos y otros, casi siempre de forma tácita, en un plan de actuación, que decide emprender y llevar a la práctica como resultado de un acto de voluntad.

El plan es, por tanto, la representación mental de tipo prospectivo que el actor se hace sobre las distintas etapas, elementos y posibles circunstancias que puedan estar relacionadas con su acción. El plan es una ordenación personal de la información práctica que posee y va descubriendo el actor, dentro del contexto de cada acción. Además, puede afirmarse que toda acción implica, conforme se va generando nueva información por parte del actor, un proceso continuo de planificación individual o personal en el que el actor está continuamente concibiendo, revisando y modificando sus planes, conforme descubre y crea nueva información subjetiva en cuanto a los fines que se propone y a los medios que cree que se encuentran a su alcance para lograrlos (2).

Toda acción humana va dirigida a la obtención de un fin, o bien de consumo, que podemos definir como aquel que subjetivamente satisface de manera directa las necesidades del ser humano actor. Tradicionalmente se ha denominado bien económico de primer orden a estos bienes de consumo que constituyen, en el contexto subjetivo y específico de cada acción, el fin que el actor pretende alcanzar con la misma (3). Para lograr estos fines, bienes de consumo, o bienes económicos de primer orden, es preciso haber pasado con carácter previo por una serie de etapas intermedias, que podemos llamar «bienes económicos de orden superior» (segundo, tercero, cuarto, y así sucesivamente), siendo el orden de cada etapa más elevado conforme más alejada se encuentre la misma del bien final de consumo.

Además, la acción humana siempre se desarrolla en el tiempo, pero entendido no en su sentido determinista o newtoniano, es decir meramente físico o analógico, sino en su concepción subjetiva, es decir, tal y como el tiempo es subjetivamente sentido y experimentado por el actor dentro del contexto de su acción. Según esta concepción subjetivista del tiempo, el actor siente y experimenta su transcurso precisamente conforme actúa, es decir, conforme se dé cuenta de nuevos fines y medios, diseñando planes de actuación y culminando las distintas etapas que constituyen cada acción.

En la mente de todo ser humano se produce, cuando actúa, una especie de fusión entre las experiencias del pasado que recoge en su memoria y su proyección simultánea y creativa hacia el futuro en forma de imaginaciones o expectativas referentes a las distintas etapas que constituyen el proceso de acción que desarrollará en el futuro. Futuro éste que jamás se encuentra determinado a priori, sino que se va imaginando, creando y haciendo paso a paso por el actor. Por eso el futuro es siempre incierto, en el sentido de que aún está por hacer y el actor sólo tiene de él ciertas ideas, imaginaciones o expectativas que espera hacer realidad mediante la culminación de las etapas que ha imaginado que van a constituir su proceso de acción personal. Además, el futuro está abierto a todas las posibilidades creativas del hombre, y el actor continuamente puede modificar tanto los fines que persigue, como variar, reordenar y revisar las etapas de los procesos de acción en los que se ve implicado.

El tiempo es, por tanto, una categoría de la Ciencia Económica inseparable del concepto de acción humana. No cabe concebir una acción que no se efectúe en el tiempo, que no dure tiempo. De la misma forma, el actor precisamente siente el transcurso del tiempo conforme actúa y culmina las distintas etapas de su proceso de acción. La acción humana, que siempre pretende conseguir o lograr un objetivo o acabar con un malestar, ineludiblemente, dura tiempo, en el sentido de que exige la realización y culminación de una serie de etapas sucesivas. Por tanto, puede concluirse que lo que separa al actor de la consecución de su fin es un periodo de tiempo entendido como la serie sucesiva de etapas que constituyen su proceso de acción (4).

 Desde el punto de vista prospectivo y subjetivo del actor, puede afirmarse que siempre existe una tendencia a que conforme aumenta el periodo de tiempo que conlleva una acción (es decir, el número y complejidad de etapas sucesivas que la constituyen), el resultado de la acción o fin que se pretende con la misma adquiere un valor mayor. Este mayor valor subjetivo de las acciones, conforme las mismas incorporen una serie más numerosa y compleja (5) de etapas que conlleven un periodo de tiempo más prolongado, puede conseguirse de dos formas: o bien, haciendo posible que el actor logre resultados que para él subjetivamente tienen un valor más alto y que no podrían alcanzarse con acciones humanas de duración más corta; o bien, permitiendo lograr una cantidad de resultados más numerosa de la que podría conseguirse con procesos de acción temporalmente más cortos. La demostración lógica de esta ley económica, según la cual los procesos de acción humana tienden a lograr fines de más valor conforme su duración temporal aumenta, es fácil de entender. En efecto, si ello no fuera así, es decir, si no se valoraran más los resultados de las acciones que duran más tiempo, éstas no se emprenderían en forma alguna por el actor, que optaría por acciones temporalmente más cortas. Es decir, lo que separa al actor del fin que pretende lograr es precisamente una determinada duración de tiempo (entendido como el conjunto de etapas en su proceso de acción), por lo que es evidente que el ser humano, a igualdad de circunstancias, siempre pretenderá lograr sus fines cuanto antes, y sólo estará dispuesto a posponer en el tiempo la consecución de los mismos si es que subjetivamente considera que con ello logrará alcanzar fines de más valor (6).

Casi sin darnos cuenta, hemos dado entrada en el párrafo anterior a la categoría lógica de la preferencia temporal, que establece que, ceteris paribus, el actor prefiere satisfacer sus necesidades o lograr sus objetivos cuanto antes. O, expresado de otra forma, que entre dos objetivos de idéntica valoración desde el punto de vista subjetivo del actor, éste siempre preferirá aquel objetivo que más próximamente se encuentre disponible en el tiempo. O, aún más brevemente, que, a igualdad de circunstancias, los «bienes presentes» siempre se prefieren a los «bienes futuros». Esta ley de la preferencia temporal no es sino otra forma de expresar el principio esencial según el cual todo actor, en el proceso de su acción, pretende lograr los fines de la misma cuanto antes, separándole de sus fines una serie de etapas intermedias que implican un periodo determinado de tiempo. La preferencia temporal no es, por tanto, una categoría psicológica o fisiológica, sino que es una exigencia de la estructura lógica de la acción que se encuentra inserta en la mente de todo ser humano. Es decir, la acción humana está orientada a determinados objetivos y selecciona medios para alcanzarlos. El objetivo es lo que se pretende alcanzar o meta de toda acción. Y en la acción lo que nos separa de la meta es el tiempo, de manera que cuanto más cerca de dicha meta temporalmente se encuentre el actor, más próximo estará de alcanzar los objetivos que para él tienen valor. La ley de tendencia expresada más arriba, de acuerdo con la cual se emprenden acciones más duraderas por parte de los actores, pues a través de las mismas ellos esperan conseguir objetivos de más valor, y la ley de la preferencia temporal que acabamos de enunciar, según la cual, a igualdad de circunstancias, se prefieren siempre los bienes más próximos en el tiempo, no son sino dos formas distintas de expresar una misma realidad (7).

No cabe consebir, por tanto, acción humana alguna sin que se dé el principio de la preferencia temporal. Un mundo sin preferencia temporal sería absurdo e inconcebible: implicaría que siempre se preferiría el futuro al presente, posponiéndose sucesivamente los objetivos justo antes de alcanzarlos, con lo cual nunca se lograría fin alguno y la acción humana carecería de sentido (8).

Notas.-

(1) Sobre los conceptos de acción humana, plan de actuación, la concepción subjetiva del tiempo y la acción entendida como un conjunto de etapas sucesivas, puede consultarse a Jesús Huerta de Soto, Socialismo, cálculo económico y función empresarial, pp. 43 y ss.

(2) El desarrollo de una Ciencia Económica siempre basada en el ser humano entendido como actor creativo y protagonista de todos los procesos y eventos sociales (concepción subjetivista) es, sin duda alguna, la aportación más importante y característica de la Escuela Austriaca de Economía, que tuvo su origen en Carl Menger. En efecto, Menger consideró imprescindible abandonar el estéril objetivismo de la escuela clásica anglosajona obsesionada por la supuesta existencia de entes externos de tipo objetivo (clases sociales, agregados, factores materiales de producción, etc.), debiendo el científico de la economía situarse, por el contrario, simpre en la perspectiva subjetivista del ser humano que actúa, de manera que dicha perspectiva influya determinante e invariablemente en la forma de elaborar todas las teorías económicas, en su contenido científico y en sus conclusiones y resultados prácticos. Véase en este sentido a Jesús Huerta de Soto, “Génesis, esencia y evolución de la Escuela Austriaca de Economía”, en Estudios de economía política, cap. I, pp. 17-55.

(3) Esta clasificación y terminología tiene su origen en Carl Menger, cuya “teoría sobre los bienes económicos de distinto orden” no es sino una de las más importantes consecuencias lógicas de su concepción subjetivista de la economía. Carl Menger, Grundsätze del Volkswirthschaftslehre, ed. Wilhelm Braumüller, Viena 1871. Existe una traducción al español de Marciano Villanueva, publicada por Unión Editorial (1983) con el título de Principios de economía política; 2ª ed., con una importante presentación de Karl Milford, Unión Editorial, Madrid 1988. Véanse especialmente las pp. 108-111 de esta 2ª edición. La expresión que utiliza Menger para referirse a los bienes de consumo o de primer orden es la de “Güter der ersten Ordnung” (p. 8 de la edición alemana).

(4) Sobre la concepción subjetiva, experimental y dinámica del tiempo, como única aplicable a la acción humana en la Ciencia Económica, debe consultarse el cap. IV de la obra de Gerald P. O’Driscoll y Mario J. Rizzo, The Economics of Time and Ignorance, Basil Blackwell, Oxford 1985, pp. 52-70.

(5) Como bien ha establecido Ludwig M. Lachmann, el desarrollo económico implica no sólo un incremento del número de etapas productivas, sino también un aumento en la complejidad de cada una de ellas y, por tanto, un cambio en su composición. Ludwig M. Lachmann, Capital and its Structure, Sheed, Andrews & McMeel, Kansas City 1978, p. 83. Véase además a Peter Lewin, “Capital in Disequilibrium: A Reexamination of the Capital Theory of Ludwig M. Lachmann”, History of Pilitical Economy, vol 29, nº 3, otoño de 1997, pp. 523-548. Y a Roger W. Garrison, Time and Money: The Macroeconomics of Capital Structure, Routledge, Londres y Nueva York 2001, pp. 25-26.

(6) Como bien expresa José Castañeda: “Cuantos más medios auxiliares se introducen en el proceso de la producción, más largo se hace éste y, en general, se admite que resulta más productiva. Claro es que pueden existir procesos más indirectos, esto es, más largos o con mayor rodeo, que no sean más productivos, pero estos no se toman en consideración, porque no se aplican, y la introducción de un proceso de mayor duración sólo se efectúa cuando eleva el rendimiento.” José Castañeda Chornet, Lecciones de teoría económica, Editorial Aguilar, Madrid 1972, p. 385.

(7) La ley de preferencia temporal puede remontarse incluso a Santo Tomás de Aquino, y ya fue expresamente enunciada por uno de sus más brillantes discípulos: Giles Lessines. Para él “los bienes futuros no se valoran tan altamente como los mismos bienes disponibles en un momento inmediato del tiempo, ni permiten lograr la misma utilidad a sus propietarios, por lo que debe considerarse que tienen un valor más reducido de acuerdo con la justicia”. (Aegidius Lessines, De usuris in communi et de usurarum contractibus, opusculum LXVI, 1285, p. 426. Citado por Bernard W. Dempsey, Interest and Usury, American Council of Public Affairs, Washington D.C. 1943, nota 31 de la p. 214) Esta idea fue posteriormente recogida por San Bernardino de Siena, Conrad Summenhart y Martín Azpilcueta en 1431, 1499 y 1556 respectivamente (véase Murray N. Rothbard, An Austrian Perspective on the History of Economic Thought, vol. I, Economic Thought before Adam Smith, pp. 85, 92, 106-107 y 399-400 de la edición española de 1999). Después desarrollaron sus implicaciones en el ámbito de la teoría económica Turgot, Rae, Böhm-Bawerk, Jevons, Wicksell, Fisher y, sobre todo, Frank Albert Fretter y Ludwig von Mises.

(8) En un mundo sin preferencia temporal no se consumiría nunca, sino que todo se ahorraría y, por tanto, el ser humano moriría de inanición y la propia civilización desaparecería. Las “excepciones” que se han querido oponer a la ley de la preferencia temporal son tan sólo aparentes y, en todos los casos, surgen de no considerar el condicionante de ceteris paribus que es inseparable de la misma. De manera que basta tan sólo un detallado examen del supuesto contra-ejemplo en cuestión, para enseguida darse cuenta de que no existe absoluta igualdad de circunstancias en los casos propuestos como refutaciones de la preferencia temporal. Así sucede, por ejemplo, en relación con los bienes que no pueden ser simultaneamente disfrutados, o con aquellos en los que, aun existiendo una aparente identidad en cuanto a su presencia física, no son iguales desde el punto de vista subjetivo del actor (como es el caso del helado que se prefiere consumir en verano, en vez de consumirlo en un invierno más próximo). Sobre la teoría de la preferencia temporal debe consultarse a Ludwig von Mises, La acción humana: tratado de economía, 7ª edición, pp. 578-585.

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