Posteado por: physis | 24/03/2010

Wilhelm Röpke: la ventaja del capitalismo es que existen las quiebras

Röpke escribió estas líneas en 1966 añadidas a su libro de 1937 Die Lehre von Wirtschaft (La teoría de la economía, Unión Editorial; c. IX, 1. Estructura y mecanismo de nuestro sistema económico). Sus palabras no pueden ser más actuales, especialmente si además de empresas añadimos bancos, cajas o incluso estados.

Otra vez España ha colocado deuda sobre una OMO del BCE. Señal de que se están haciendo las cosas con supervisión y apoyo exterior muy cualificado. Menos mal. Ahora sólo queda barrer en casa.

Estructura y mecanismo de nuestro sistema económico

Es un hecho inquietante que en todos los países sólo comprenda una minoría la esencia de nuestra actual constitución económica. Claro que esto no debe extrañarnos, ya que esta comprensión sólo la logra quien se toma la molestia de estudiar a fondo la ciencia que investiga las interdependencias económicas, despreocupándose de los ataques a que en todas las épocas está expuesta. Pero, ¿cuántos se toman la molestia? El hecho de que sean tan pocos es tanto más de lamentar cuanto que la abrumadora mayoría de los que al azar emiten juicios sobre nuestro sistema económico tratan de rebajar a los ojos del público como ignorantes y víctimas de prejuicios a la minoría de los entendidos, espectáculo que no se da en ninguna otra ciencia.

La mayoría de la gente entiende mal nuestro sistema económico seguramente porque considera algunos de sus hechos más sorprendentes como excrecencias nocivas y absurdas del “capitalismo”, cuando en realidad se trata de fenómenos tras los que se oculta una determinada función útil, que debe cumplirse en todas las circunstancias. O de fenómenos más o menos inevitables en cualquier sistema económico… Fenómenos como costes, rentabilidad, interés y renta de la tierra no constituyen en modo alguno inventos diabólicos del “capitalismo”, sino un mecanismo ingenioso y adecuado para desempeñar funciones con las que se enfrenta todo sistema económico, sea cual fuere su estructura.

Pero entre los que han comprendido el mecanismo regulador de nuestro sistema económico hay no pocos a los que parece costarles mucho trabajo apreciar en su justo valor el principio de rentabilidad que rige la producción. En su legítima indignación contra todo lo que parece interés personal nocivo para la comunidad, codicia y usura, olfatean algo moralmente inferior en esta soberanía del principio de rentabilidad. En realidad, las cosas son mucho más complicadas. Sin duda que hoy, como en todos los tiempos, los hombres tienden a satisfacer sus deseos en la mayor medida posible, pero estos deseos son hoy, como en todos los tiempos, muy distintos unos de otros. Mientras unos buscan los honores y el poder, otros se ufanan por una felicidad tranquila y mesurada. Finalmente algunos se encuentran mejor sirviendo a la colectividad mientras que muchos ambicionan un máximo de satisfacción de necesidades puramente materiales. Pero todos y cada uno de ellos temen a la pobreza y al descenso en la escala social. Por tanto, que el punto de vista de la rentabilidad domine la producción no demuestra que los verdaderos motivos sean hoy menos diversos que en otras épocas. Esta circunstancia sólo demuestra que la rentabilidad representa un módulo seguro e insustituible para juzgar si una empresa se engrana o no en el contexto de la economía nacional. La soberanía de la rentabilidad hace que un empresario que engrane sea recompensado por el mercado, mientras que el que no lo logre sea castigado por éste. La recompensa es tan elevada como duro el castigo, pero precisamente ello es lo que provoca una selección extraordinariamente eficaz de los que dirigen el proceso de producción. Pero como probablemente el temor a perder es siempre mayor que el afán de ganar, puede decirse que nuestro sistema económico está regulado en último término por la quiebra. El estado colectivista tendría que crear un mecanismo equivalente: en vez de la rentabilidad tendría que crear otro módulo del éxito y otro sistema de selección de los directores de la producción. Es muy dudoso que tal equivalente pueda encontrarse. Sea como fuere, el hecho de los que dirigen el proceso de producción (empresarios) gocen del beneficio del éxito y soporten personalmente y en toda su gravedad el perjuicio del fracaso, es uno de los principios más importantes de nuestra constitución económica, aunque desgraciadamente sea con frecuencia falseado, y sería difícil demostrar su carácter antinatural e inadecuado.

Sin embargo, todo esto sólo se aplica con una condición, de cuya importancia hay que percatarse con plena evidencia si se quiere comprender la estructura de nuestra constitución económica y todo el alcance del falseamiento que hoy se ha operado. Esta condición consiste en que el camino que conduce a la meta de la rentbilidad pasa forzosamente por una prestación económica equivalente, debiéndose cuidar al mismo tiempo de que la prestación deficiente encuentre un castigo implacable en forma de pérdidas y, en último término, en la quiebra. Un proceso que elimina a los incompetentes de las filas de quienes dirigen la producción. Hay que impedir en igual medida que se adquieran rentas por vías sinuosas (sin la correspondiente contraprestación) y que se carguen a las espaldas de otros las pérdidas sufridas por servicios o prestaciones defectuosas que quedan así sin sanción.

Nuestro sistema económico se sirve de dos medios para asegurar el cumplimiento de esta condición.

El primero consiste en que responsabilidad y riesgo (probabilidad de éxito y de fracaso) vayan unidos del modo más íntimo. En esto se manifiesta hoy una de las peores deformaciones de nuestra constitución económica. Pues en realidad el desarrollo de sociedades anónimas ha conducido cada vez más a que el riesgo lo asuma la colectividad mediante la socialización de las pérdidas…

El segundo medio es la competencia. Todas las condiciones que implica y todos los problemas que plantea, dignos de ser considerados muy seriamente, no suprimen el hecho de que nuestro sistema económico esté íntimamente vinculado a la competencia, ya que ésta es la única capaz de dominar y encauzar el torrente de los intereses privados para transformarlos en fuerza bienhechora. Es la competencia la que cuida de que sólo se llegue a la rentabilidad pasando previamente por la prestación equivalente. Limitar la competencia equivale por lo tanto a poner en peligro el principio de prestación. Si se advierte esto, ya no es posible desconocer la consecuencia de que el desarrollo de los monopolios constituye un fenómeno degenerativo de nuestro sistema económico extraordinariamente grave.

El estado puede luchar con eficacia contra la degeneración si interviene enérgicamente contra las limitaciones en la competencia y evita cuidadosamente favorecer la formación de monopolios con su política económica. Pero para ello se necesita un estado fuerte que, de un modo imparcial y firme, esté por encima de la lucha de los intereses económicos, muy diferente a la extendida creencia de que el poder público débil acompaña necesariamente al “capitalismo”. Pero el estado no solamente ha de ser fuerte, sino que además, sin dejarse desviar por ideologías de ninguna especie, ha de advertir claramente la tarea que se le plantea: defender el “capitalismo” de los propios “capitalistas” siempre que estos traten de crearse un camino más cómodo con la rentabilidad por meta, pero evitando el principio de prestación y haciendo cargar al final las pérdidas en los hombros de toda la comunidad.

Con esto se despeja otro equívoco sumamente extendido: la idea de que nuestro sistema económico es una simple “economía de beneficio”, en la que la rentabilidd decide lo que hay que producir, mientras que el sistema económico colectivista es una verdadera “economía de cobertura de necesidades”, porque la planificación es la que permite orientar la producción hacia las verdaderas necesidades de los individuos. Pero las consideraciones anteriores no dejan ninguna duda de que, mientras se preserve el principio de contraprestación dentro de la competencia, nuestra actual ordenación económica no es otra cosa mas que una verdadera economía de cobertura de necesidades, pues sobre la rentabilidad decide la sensible e insobornable balanza del mercado. Pero precisamente, lo que esto significa es que la soberanía del principio de prestación es sinónimo de la soberanía del consumidor. ¿Cabe llamar a nuestro sistema económico de otra forma que no sea la de economía de cobertura de las necesidades? En efecto, si son puestos en práctica de forma rigurosa sus princpios entonces los deseos de los consumidores estimulan a los productores a dar su máximo rendimiento.

En realidad, no se orienta menos que el sistema económico colectivista a cubrir las necesidades, aunque con la diferencia de que el móvil y la organización de la cobertura de las necesidades son distintas en cada caso. Si se quiere estigmatizar a nuestro sistema de economía de beneficios sería justo y lógico calificar al comunismo de economía burocrática o de economía autoritaria. Tras un maduro examen y con la experiencia obtenida, ¿no tendremos derecho a dudar que una economía colectivista pueda ser orientada por las “necesidades” de la población aún cuando sus dirigentes se lo propongan con la mejor voluntad? ¿No suena a sarcasmo calificar el colectivismo de “economía de cobertura de necesidades” si examinamos la situación verdadera de los países colectivistas, tanto los que han fracasado como los que trodavía subsisten?

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Responses

  1. Solicito aclaración sobre
    “¿cómo lo han hecho en Alemania?”

  2. El capitalismo es el sistema más eficaz de coordinación social: El sistema de precios y el beneficio es lo que coordina toda la producción.

    La alternativa: Un sistema estatalista en el que burócratas y políticos establecen qué se debe producir, en qué cantidades y a qué precio se debe vender. Como toda esa información es imposible de gestionar, los sistemas comunistas terminan colapsando.

  3. Soy un fiel lector de este blog, me parecen interesantisimos los articulos. Sólo quería felicitaros, creo que somos muchos los lectores anónimos.

    Un saludo

  4. ¿Cómo lo han hecho en Alemania?

  5. Está claro que uno de los grandes males del llamado capitalismo son los grandes capitalistas, que tienden a las barreras y monopolios.

    ¿Que medidas reales y prácticas, sean leyes, usos o lo que sea podemos aplicar para progresar en apartar a los empresarios de los políticos?

    saludos


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