Posteado por: physis | 05/04/2010

Baba O’Riley y la fortaleza de la virtud por la educación

Alguien me ha comentado que en las entradas de este blog pesa plúmbea una bruma de cierto pesimismo. Por eso hoy abro esto con una inyeción de adrenalina para explicar someramente qué es eso de la educación. Es decir, no hablaré de cosas buenas, sino del bien más grande que podría sucederle a este país: una buena educación. Y como es una palabra muy manoseada últimamente por esa casta política inane que nos gobierna, he creído conveniente hacerle un breve y humilde homenaje para que pueda apacentarse en los parados de fresca hierba de los que nunca debería haber salido, que son los grandes clásicos.

The Who es una de esas bandas de rock que aparecieron a mediados de los 60 y con su genio nos han dejado joyas como este Baba O’Riley, inspirado en un orientalismo pacifista que ellos trasforman con la energía de un cañón. Aunque la letra arrastra cierto nihilismo adolescente, la música apunta hacia esta bendita esperanza:

El éxodo está aquí,
los días felices están cerca.
Venga, juntémonos,
antes de que nos hagamos viejos.

Yo también espero que la horda de manipuladores que nos asfixia quedará algún día vencida, pues portae inferi non praevalebunt.

El Diccionario de la R.A.L.E define la palabra esfuerzo en su segunda acepción como un “empleo del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades”. El esfuerzo es siempre algo muy importante en la vida personal, pues necesitamos esfuerzo para el autocontrol, para el desarrollo intelectual en el estudio y para emprender o acometer pequeñas o grandes empresas. También es necesario el esfuerzo moral para vencer el desaliento ante las dificultades y, por supuesto, el esfuerzo físico para el deporte. Pero no hay que olvidarse del esfuerzo social para promover el progreso humano, especialmente ahora por la gran complejidad que incorpora la globalización y la innovación permanente.

Esfuerzo requiere también la formación de la virtud mediante los hábitos, único camino adecuado para dar fortaleza a la personalidad, principalmente mediante la educación.

Porque la educación no es otra cosa que “el perfeccionamiento intencional de las disposiciones o potencialidades humanas”. Así que educarse consiste en la adquisición de hábitos que, mediante la repetición de actos con continuidad y unidad de criterio, conducen hacia las virtudes. O las mal llamadas hoy en día ‘competencias básicas’. Porque con esta definición neo-lingüística no se sabe sobre qué base hacen pie las pericias o aptitudes del que aprende. En cambio, cuando hablamos de hábitos y virtudes todos entendemos a qué nos referimos, pues se nos abre un universo de autores clásicos que han construido el sentido de esas palabras mediante su reflexión. El problema es que a los soberbios manipuladores burocráticos estos conceptos clásicos les corroen como ácido la sesera porque resisten mejor que el acero a sus sucias intenciones.

En efecto, cualquier reforma educativa que desee llegar a buen puerto, lo primero que debe hacer es prescindir del nuevo lenguaje burocrático en que ha quedado encorsetada. Pues mientras no escape de esa jaula será imposible que quede libre de las garras de los mentirosos, esa chusma que esconden detrás de la palabra ‘educación’ la manipulación pura y simple de las conciencias de la gente. En efecto, mediante el sistema en curso se consigue precisamente lo contrario de lo que se promete. Pero no por error, sino porque es precisamente lo que se pretende, cubriéndolo con un lenguaje que oculta las verdaderas intenciones. Así pues, palabras como hábitos, virtudes, disciplina y esfuerzo aclaran y vuelven transparentes las ideas porque ordenan con su fuerza todo el discurso que viene a continuación. Además, tienen un peculiar efecto catártico porque actúan como agua bendita sobre la piel del endemoniado. Busquen a alguno de esos expertos pedagogos y hagan la prueba de decir estas cuatro palabras delante de él, con claridad y en alta voz. Verán cómo le retuerce el dolor y comienza a espumarse la boca. Y si las repiten varias veces  con convencimiento, conseguirán finalmente que huya corriendo como alma llevada por el diablo.

Además, sucede una cosa peculiar. Cuando se comparan los sistemas educativos de los diferentes países, cuesta poco descubrir que los más eficientes son precisamente los que menos caso hacen a las famosas directrices OCDE. Es decir, aún empleando la neo-lengua de las competencias básicas, trabajan realmente sobre el esfuerzo, la disciplina, los hábitos y las virtudes. Por eso China, por ejemplo, el año pasado arrasó en las olimpiadas matemáticas internacionales. Pero en España desgraciadamente sufrimos una especie de síndrome de estocolmo en estos temas, de forma que a más violencia ejerce el carcelero sobre la educación, más afecto parecen algunos sentir por él.

Así que caminando con seguridad por esta senda de los conceptos clásicos, diremos también que la educación necesita que la libertad del sujeto se adhiera voluntariamente hacia estos hábitos gracias a su propia conciencia, más el apoyo del colectivo humano que le rodea (familia, colegio, etc.). Cuando sucede esto, se pone en marcha un proceso maravilloso gracias al cual el que aprende toma conciencia de sus limitaciones y comienza a luchar para superarlas, venciéndose de esta forma al niño consentido que todos llevamos dentro. Y esto sucede con el auxilio de las dos únicas herramientas capaces de conseguirlo: el entendimiento y la voluntad. Dos auténticos monstruos para esos pedagogos que luchan con verdadero ahinco contra ellos, haciendo siempre todo lo posible para que el niño pase 9 meses en el aula entendiendo poco y desarrollando aún menos su voluntad.

Entonces, la voluntad guiada por la razón pone en marcha un lento proceso de aprendizaje que no culminará nunca, aunque por el camino se consigan síntesis parciales sobre uno mismo y el mundo que nos rodea, gracias a la progresiva madurez personal. Es como un edificio levantado sobre virtudes que a su vez están construidas sobre unos hábitos que permiten ganar conocimiento y seguridad de uno mismo, hasta pulir como el oro la virtud de la prudencia, porque será quien facilite finalmente la reflexión adecuada sobre los juicios y las decisiones.

Y haciendo bueno al oráculo de Delfos, diremos que no se trata del estúpido y manido ‘aprender a aprender’, sino del conocerse aprendiendo. Pues en el mero conocer el individuo se reconoce a sí mismo y se descubre, igual que nos reconocemos cuando nos miramos al espejo. Nada hay más natural al ser humano que aprender, porque la educación presupone necesariamente una educación moral en cuanto implica la perfección de la persona y el enriquecimiento de sus juicios. Escogiendo lo bueno y evitando todo aquello que supone la ausencia de lo bueno, que es lo malo.

En la educación del hábito o virtud del esfuerzo (la fortaleza), el papel de la familia y del centro educativo consiste principalmente en ayudar al educando a realizar los actos por los que se adquiere el hábito. Medios directos para ello son la enseñanza adaptada a los intereses de cada etapa educativa y a las características de cada alumno, pero siempre orientada al mismo tiempo tanto a la transmisión de conocimientos como a mostrarle la importancia del valor del esfuerzo para el estudio y para la vida, con el fin de moverle a hacer realidad en él el valor del esfuerzo. Puede contribuir también a ello el ejemplo de otros induciendo a la imitación de los padres y educadores, o a instituciones y personajes de la sociedad en general. Pero también llevando a la lectura y comentario de biografías de personas que, debido a su esfuerzo y perseverancia, han alcanzado importantes metas en su desarrollo personal y servicio a la sociedad.

Esta enseñanza tiene que ir acompañada de actividades y experiencias en las que pueda ejercitarse el sujeto en el esfuerzo hasta conseguir la virtud mediante el hábito. Estas actividades pueden consistir en proponer a los alumnos un proyecto o plan de trabajo motivador, que les entusiasme y les fije metas a alcanzar. Que permita a su vez valorar los logros que se van consiguiendo y analizar las distintas situaciones que se vayan produciendo, siguiendo los distintos pasos del proceso volitivo. Para que vayan descubriendo lo que significa el bien o el mal en cada cosa, en animarles y ayudarles a que resistan y superen los distintos tipos de dificultades o problemas y que ellos mismos se propongan metas. Algo similar puede hacerse en el seno de la familia en relación con las tareas personales (vestido, alimentación y ocio) y en la colaboración de las tareas propias de la casa y en sus deberes como escolar.

Para el niño o adolescente bien dispuesto al esfuerzo pueden ser suficientes los medios directos, pero para aquellos en los que la vehemencia de sus emociones o su excesiva agitación interior o su pereza o indiferencia constituyen un obstáculo para ello, se puede recurrir a métodos indirectos entre los que está el prestar una mayor atención a la educación de la atención, a la motivación y a la adquisición de otras virtudes morales que den a la voluntad la permanente fuerza necesaria para poder sobreponerse a ellos. Entre estas últimas está la virtud de la templanza o de la sobriedad, que modera los apetitos y el uso de los sentidos, sujetándolos a la razón y evitando los excesos en el comer, en el beber y en la diversión. También en la virtud de la esperanza, dado que los resultados del esfuerzo en el estudio se consiguen, con frecuencia, a largo plazo. Y con ella finalmente el optimismo y la autoestima.

Joaquín Ferrer Benat.

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