Posteado por: physis | 09/04/2010

Antal Fekete: El dinero fiduciario agoniza de muerte

Edipo y la Esfinge

Agón (ἀγών) en griego clásico significa lucha y desafío entre dos personas. Pero no con violencia física, sino mediante debate con un grupo de personas que hace de testigo y juez al mismo tiempo. Ese grupo son los proto agonistes, es decir los que están delante y presencian a los que disputan (o agonizan).

Posteriormente, en el teatro clásico griego ese grupo de personas pasa a ser el coro, y el agón la convención formal que planifica la lucha entre los personajes y mantiene la tensión argumental. Es decir, el agón pasa a ser el conflicto sobre el que transita toda la obra.

Una tragedia griega clásica es Edipo Rey, de Sófocles. No explicaremos aquí la evolución del argumento, pues cualquiera puede consultarlo o, mejor aún, leer esta brillante obra. Simplemente decir que la relación de Edipo con Yocasta es incestuosa, aunque él no lo sabe, porque es su esposa al mismo tiempo que madre. Además, a quien asesina es precisamente su padre, el Rey Layo. Estos males son desconocidos al mismo tiempo que la ciudad está asolada por una peste terrible mientras no impere de nuevo la justicia, vengándose la muerte de Layo.

El honrado y buen rey Edipo busca con rectitud restablecer el orden que supone lo justo, aunque finalmente se encuentra que es él el verdadero culpable. Desarrollándose así un agón trágico muy humano, pues es precisamente el que busca la justicia quien queda aplastado por ella. Porque, ¿quién es justo y está libre de culpa?

Podemos retorcer un poco el título del artículo para acomodarlo a esta tragedia, entendiendo las tensiones del dinero fiduciario como el agón que padecemos y la muerte del poder político que le da pávulo el precio a pagar para poder restablecer la justicia. En este teatro de la vida el coro es la población que usa de este dinero, Edipo el poder temporal, Yocasta la banca y el rey Layo el ordenamiento jurídico.

Frente a un coro soliviantado por una crisis económica sin fin aparente (como una nueva peste), Edipo tiene que buscar al culpable para hacer justicia y acabar de una vez por todas con el daño moral (riesgo inducido o moral hazard). Pero por el camino se descubrirá como hijo fruto de un matrimonio de conveniencia entre la banca (Yocasta) y la justicia (Layo). Y que no sólo ha matado a su padre reduciendo el orden legal al brazo ejecutivo, sino que ahora yace precisamente de forma incestuosa con su propia madre, siendo él mismo el origen de los males.

Hacer justicia supondrá en consecuencia que Edipo se destierre a sí mismo, dando paso a un nuevo rey. Pero como la justicia es ciega y termina siempre dando a cada uno lo que le corresponde, si el rey no se marcha por su propio pie, tendrá que hacerlo de forma violenta con grave daño sobre el propio coro, proto-agonista en el fondo de esta historia. En manos de este coro está precisamente el poder de convencerle. Pero para ello debe tomar conciencia primero de dónde se encuentra hoy el agón.

Y nada mejor para ello que leer de nuevo a Fekete.

El dinero fiduciario agoniza de muerte

“La banca fue concebida en la iniquidad y nacida en el pecado. Los Banqueros son los dueños de la tierra. Quitársela si queréis, pero dejándoles el poder de crear depósitos a la vista, con el simple movimiento de su pluma crearán depósitos en cantidad suficiente para comprarla de nuevo. Sin embargo, quitadles tal poder, y todas las grandes fortunas como la mía desaparecerán – y así debería suceder, a fin de hacer de este un mundo un sitio donde vivir mejor y ser más feliz. Pero, si queremos seguir siendo esclavos de los Banqueros y pagando el costo de nuestra propia esclavitud, entonces dejemos que sigan creando depósitos”.

Estas declaraciones son de Sir Joshua Stamp (1880-1941), que fue gobernador del Banco de Inglaterra, en su discurso en la Universidad de Texas en 1927. Al parecer, fue la segunda persona más rica de Gran Bretaña.

No nos equivoquemos en esto: en el colapso del crédito estamos presenciando la agonía de la moneda irredimible. En vano los gobiernos y su clientela de bancos han tratado, durante cientos de años, de injertar este repulsivo y degenerado bastardo en el organismo vivo de la sociedad. El resultado ha sido siempre el mismo: el organismo sano rechaza en su momento al anormal implante.

El presente episodio no es diferente de los anteriores, salvo, quizá, por el grado de arrogancia de los perpetradores y por su desprecio a la inteligencia humana.

Cuando el 15 de agosto de 1971 Richard Nixon incumplió el pago en oro de las obligaciones de los Estados Unidos y declaró al dólar irredimible como medio de pago supremo y liquidador óptimo de la deuda, se basaba en expertos consejos del economista Milton Friedman de Chicago. Cinco años más tarde, el más antiguo de los bancos centrales del mundo (el Riksbank de Suecia) otorgaba a Friedman el premio establecido en memoria de Alfred Nobel. La recompensa sería el reconocimiento por su brillante idea de que si el banco central roba poco a poco a la gente (digamos que diluyendo la moneda a una tasa fija del 3 por ciento anual), las víctimas nunca gritarán “nos robaron”. Tampoco nunca se percatarán del robo.

La vergüenza y la desgracia tuvieron su parte importante en todos los anteriores episodios de incumplimiento del gobierno en sus promesas de pago. En 1971 no fue así. En este último experimento con la moneda irredimible apareció una nueva característica: lejos de ser una desgracia, el defecto se presentó como un avance científico. Como una victoria sobre la “superstición monetaria” representada por el oro. Un triunfo en definitiva del progreso. Gobiernos serviles y bancos centrales extranjeros, quienes fueron víctimas del incumplimiento, se tuvieron que tragar las cuantiosas pérdidas debidas a la devaluación del dólar sin siquiera una queja. Se vieron obligados a celebrar su propia humillación y a aclamar el advenimiento de la Nueva Era del Crédito Sintético, de la moneda corriente irredimible y de las deudas también irredimibles.

El régimen del dólar irredimible pronto fue puesto a prueba. En 1979 el genio escapó de la botella. El precio del petróleo, la plata y el oro se cotizaban a precios veinte veces mayores que antes de 1971. En el caso del azúcar el factor de aumento estuvo próximo a cuarenta. Las tasas de interés necesitaron de dos dígitos para frenar el colapso, más allá incluso del 20%. Hubo pánico en toda la faz de la tierra.

El acaparamiento de productos se convirtió en una forma de ganarse la vida. Todo el mundo esperaba lo peor.

Fue en este momento cuando se inventó el concepto de “meta de la inflación”. Anteriormente las manifestaciones de poder de los bancos centrales eran más bien modestas. Se suponía que los bancos centrales fijarían la meta de las tasas de interés a corto plazo. Más tarde se apoderaron de las metas en la oferta de dinero. Luego reclamaron también poderes sobrenaturales de micro-gestión de los aumentos de precios. Aparentemente todo estaba funcionando, de forma que el genio fue obligado a regresar de nuevo en la botella.

En las siguientes tres décadas, quienes tuvieron a su cargo la toma de decisiones políticas junto con los economistas influyentes, estuvieron cada vez más convencidos de que en la fijación de las metas de inflación habían encontrado el Santo Grial de la moneda irredimible. Frederic Mishkin, Profesor de la Universidad de Columbia y ex gobernador de la Reserva Federal, publicó en 2007 el evangelio de las metas de inflación bajo el título Estrategia en Política Monetaria. En su libro define las metas de inflación como “estrategias de información incluida para conducir la política monetaria”.

Martin Wolf, jefe de la columna económica del Financial Times de Londres, comenta lo siguiente:

La determinación de las metas de la inflación es lo que da entrada a todas las variables pertinentes: tasas de cambio, precios de las acciones, precios de la vivienda y precios de los bonos a largo plazo. Y esto gracias a su impacto en la actividad y en las perspectivas de inflación.

Este es el nuevo Santo Grial modificado. Lance su red en forma suficientemente amplia como para capturar todo lo que usted desea controlar. Si lo hace con valentía, hace creer que el gobierno puede controlar todo lo que quiere controlar. Es sorprendente cuánto se puede lograr apilando prestidigitación sobre prestidigitación.

Irónicamente, el desastre golpeó justo en el momento en que los profetas de las metas de inflación se convertían en engreídos, más allá de toda medida de modestia. De hecho, provocaron un gran debate no sólo en las revistas americanas, sino también en las Inglesas. Ben Bernanke, que en el ínterin fue nombrado presidente de la Reserva Federal, contribuyó con el discurso de apertura y con el título para el debate: “La Gran Moderación”. Según su descripción, lo que estaba sucediendo a comienzos de 2007 en la macro-economía era una reducción de la volatilidad en el ciclo de los negocios: un crecimiento más consistente, menos episodios de inflación, una mayor estabilidad. The London Times publicó una jubilosa pieza a comienzos de 2007 precisamente con ese título: “La Gran Moderación”. Y en su primera línea expresaba que: “La historia se maravillará de la estabilidad nuestra época”.

No pretendía que fuese una broma. La hizo para ser creído. La complacencia acerca del carácter todopoderoso de la política monetaria alcanzó su punto álgido. Estaban celebrando el éxito de las metas de inflación precisamente cuando todo comenzaba a desarrollarse. Los encargados de formular las políticas eran los banqueros centrales y sus lacayos en el mundo académico y en el periodismo. Todos ellos se sentían muy orgullosos de sí mismos. Llegaron a creer que sostenían el mundo entero en sus manos.

La celebración y la auto-felicitación de Bernanke & Cía. fueron prematuras, pues no sabían que estaban a punto de ser humillados por los mercados. Cegados por el resplandor de su aparente gloria, ninguno de ellos supo ver el desastre que se avecinaba.

Martin Wolf comentaba en su columna del 7 de mayo que “esta crisis imprevista” era un absoluto desastre para la política monetaria. Y deja al dinero fiduciario con una única y última oportunidad para recomponer su actuación y salvar el pellejo. Pues dice que:

El Santo Grial resultó ser un mero espejismo. Si el dinero fiduciario no se hizo para trabajar mejor de lo que lo ha hecho, quien sabe lo que podrán hacer o decir nuestros hijos en su desesperación. Incluso tal vez quieran volver al oro y acogerlo de nuevo.

No obstante, Wolf sigue considerando al “patrón oro” como un absurdo.

Es extraño. Por supuesto, el Sr. Wolf no considera un absurdo el régimen de moneda irredimible, aquel con el que los gobiernos se supone crean riqueza al salpicar un poco de tinta sobre unos trozos de papel. Por supuesto, el señor Wolf tiene todo su derecho a querer ser robado y saqueado. Pero no tiene ningún derecho a hacer de abogado para que el resto de los mortales sea engañado por los siglos de los siglos, mediante esta cruda forma de saqueo.

También está equivocado cuando supone que Bernanke & Cía. tiene todavía una oportunidad adicional. Porque la oportunidad que acaban de desperdiciar ha sido la última que disponen. Estamos presenciando el cierre del régimen de la moneda irredimible y de la deuda también irredimible. Es posible que no sepamos cuánto tiempo durará su agonía, pero no habrá otra oportunidad. Los periodistas financieros y los economistas de turno, en su ciego estupor y actuando en calidad de líderes porristas de la desastrosa política monetaria del Gobierno y de la loca política de crédito de los bancos, han agotado y destruido su propia credibilidad de una vez por todas.

Martin Wolf, como la mayoría de sus colegas, es víctima de un lavado de cerebro inspirado por Keynes que ha sido impulsado durante unos 75 años para desacreditar el patrón oro, y que tuvo un nuevo aliento después de que Friedman inspirara a Nixon el incumplimiento. Sin embargo, yo abogo para que la información sobre el dólar-oro sea puesta a disposición del mundo mediante la apertura al oro de la Casa de la Moneda, tal como exige la Constitución de los EEUU.

El patrón oro es un requisito previo indispensable para la libertad. Sin él los individuos están indefensos frente a la constante y permanente violación del gobierno y de los bancos a sus derechos de propiedad. El derecho a solicitar oro a cambio de billetes o depósitos bancarios va mucho más allá del mero intercambio de una forma de dinero por otro. Es la única manera de controlar el poder ilimitado del gobierno que se manifiesta con la creación ilimitada de depósitos bancarios. La combinación del poder gubernamental con el poder de los bancos para crear depósitos es especialmente peligrosa para la libertad de las personas, debido a la doble moral que significa. El gobierno exime a los bancos de los efectos de la ley contractual a cambio de que los bancos concedan el trato especial acordado a la deuda pública del gobierno.

El atesoramiento de oro no es una mancha en el patrón oro, es su principal excelencia. Cuando un número suficiente de personas están preocupadas por la intrusión de esta combinación de poderes, o desaprueba las políticas monetarias del gobierno y/o las políticas crediticias de los bancos, bajo un patrón oro nunca quedan indefensas. Pueden retirar su oro del sistema bancario, indicando así al gobierno y a los bancos que a menos que enmienden sus procedimientos y pongan fin a sus aventuras en la creación de deudas, se encontrarán insolventes y sin poder. El patrón oro da esta ventaja tan democrática a los ciudadanos.

No es casualidad que todas las dictaduras comiencen limitando el acceso de las personas al oro. No importa si enarbolan la bandera del socialismo nacional o del socialismo internacional.

Todos los regímenes totalitarios imponen al pueblo la moneda irredimible como instrumento de servidumbre y esclavitud. Martin Wolf debe saber esto. El ideal de un gobierno limitado no tiene sentido a menos que esté reforzado por un patrón oro que niegue a dicho gobierno el poder de emitir cantidades ilimitadas de divisas. No hay otra forma de hacer esto sino es exigiendo que las promesas del gobierno sean redimibles en algo más que promesas de la misma naturaleza. Es decir, billetes de banco.

Una vez el gobierno convierte la moneda en irredimible, se pone a sí mismo en posición de recortar los derechos y libertades de las personas como estime conveniente. Y así es como se logra derrocar con eficiencia a un gobierno constitucional. Una vez que el gobierno usurpa el erario público, su poder se vuelve incontrolable. El debate sobre los presupuestos, en el Parlamento o en el Congreso, se convierte entonces en una farsa anual. Nada se interpone en el camino de los políticos sin escrúpulos para socavar el gobierno constitucional. El poder adquisitivo de la moneda se marchita constantemente, año tras año. Los bancos son liberados de las limitaciones que el pueblo ejercería sobre ellos en virtud del patrón oro. La caja de Pandora de la corrupción se abre y su contenido contamina el sistema económico, político y social de la nación.

Los gobiernos que emplean la moneda irredimible conquistan el control incondicional sobre el comercio exterior, sobre las tasas de cambio, las inversiones extranjeras y los viajes. Incluso sobre la cantidad de dinero que una persona puede entrar o sacar del país. Los más poderosos gobiernos compran la lealtad de los gobiernos menos poderosos. Esta red feudal de lealtades financiadas por la moneda irredimible abre la puerta a aventuras que azuzan y permiten sufragar guerras en tierras lejanas, con el consiguiente derramamiento de la sangre de los jóvenes de la nación por causas ajenas a ellos.

Bajo el patrón oro no perduran balanzas fiscales negativas mucho tiempo, ni tampoco los déficit presupuestarios. Hay fuerzas que limitan las pérdidas persistentes de oro que tienden a corregir estas distorsiones. Por el contrario, bajo el régimen de la moneda irredimible las distorsiones económicas pueden persistir indefinidamente. Y tales distorsiones finalmente se vuelven muy destructivas. Esto sucede porque los burócratas del gobierno no pueden proporcionar el mismo nivel de sabiduría que puede alcanzar un pueblo libre para actuar en su propio interés.

A medida que aumentan los problemas en el comercio exterior, los gobiernos encuentran cada vez más excusas para aumentar reiteradamente los controles. No hay límite a la expansión del poder que ostenta el gobierno sobre el individuo hasta tanto la nación no recupera las riendas del patrón oro, que imponen al gobierno la retirada a su único papel de buen árbitro y le obligan a renunciar a su papel de socio dominante y dictatorial.

Un gobierno puede acceder al control total de la población, ya sea por el uso de la fuerza militar o mediante el uso de la moneda irredimible. La primera opción es fácilmente comprensible, mientras que la segunda es aplicada a la nación como una sutil droga que muy pocos reconocen como tal. Por eso es generalmente aceptada por sus víctimas. Y por estas y similares razones, la moneda irredimible es el dispositivo favorito de los estados modernos para mantener a la población bajo un control totalitario. En efecto, permite que el gobierno tenga éxito en el control de las masas, mientras que, al mismo tiempo, gana su aprobación e incluso su apoyo entusiasta porque el estado parece controlar el Cuerno de la Abundancia. Pero la moneda irredimible debe considerarse como una droga terrible que forma hábito y que el gobierno utiliza para embriagar a las personas. En virtud de esta intoxicación, la gente se vuelve adicta y termina deseando más y más gasto nacional, más y más control gubernamental y finalmente más y más deuda.

Esta intoxicación oscurece el triste final que llega cuando el tio-vivo comienza a reducir su velocidad y finalmente termina parando de forma abrupta. Cuando el crédito se ha agotado o ha sido retirado y el cofre del fondo común se encuentra vacío. La nación se enfrenta entonces al más grave desastre seguido de un dolor económico prolongado. Lamentablemente, los economistas del gobierno, los profesores universitarios y los periodistas financieros, que han participado de la diversión, fracasan miserablemente en su deber de advertir a las personas del desastre que se avecina.

Es inútil esperar un movimiento masivo a favor de una moneda sana. La experiencia diaria de la población les proporciona una visión deformada. Confirman en sus mentes las presuntas virtudes y beneficios de una moneda infinitamente inflable. La gente carece de suficiente comprensión de la ciencia monetaria para ver que la moneda no se puede inflar infinitamente sin conducir al desastre. Al igual que un drogadicto, las personas expuestas a la moneda irredimible no la ven como un narcótico peligroso y dañino. Incluso la pérdida del poder adquisitivo no les perturba en gran medida. Su única respuesta es demandar más dinero. Y se enorgullecen de que el Gobierno escuche con simpatía tales solicitudes. Acogen con beneplácito el escandaloso aumento de los índices bursátiles y de los precios de los inmuebles, y establecen en ellos grandes almacenes. La creciente deuda y los pesados impuestos no son mirados con ansiedad. Con frecuencia su agitación más común es exigir más y más gasto del gobierno.

Si tenemos que salvarnos en última instancia de las consecuencias del dañino régimen de la moneda irredimible, la acción necesaria debe provenir de los dirigentes del partido de la oposición, cuando sea su turno de hacerse cargo de gobierno. El nuevo Presidente y su Secretario del Tesoro, o el nuevo Primer Ministro y su Secretario del Tesoro, deben ser estadistas. Deben actuar como cirujanos monetarios informados y duros, personajes que puedan y logren persuadir al Congreso o al Parlamento de restablecer la moneda redimible.

Una vez se dé ese paso, la gente experimentará un soplo de aire fresco. El gobierno estará una vez más subordinado a la Constitución, quedando la gente con más libertad.

El optimismo será general, porque una vez más, la moneda del pueblo tendría integridad. Las empresas prosperarán y los comercios doméstico y exterior se incrementarán. Los desequilibrios en el comercio exterior se rectificarán. El oro empezará a circular y a fluir desde el exterior. El control de las arcas públicas se devolverá a la gente, que es el lugar que le corresponde. Y todo esto si ha de mantenerse la libertad humana y se ha de conseguir un gobierno responsable.

Pero como ha puesto de manifiesto la última elección presidencial en Estados Unidos, se necesita un gran liderazgo. El partido de la oposición está también afiliado a la misma tóxica ideología que el partido de gobierno. El último cambio de guardia se llevó a cabo en medio de una crisis financiera y económica que ha implicado la destrucción de una cantidad de riqueza sin precedentes en toda la historia, y aún con más destrucción por llegar. Sin embargo, cuando el nuevo presidente nombró a sus funcionarios de Hacienda, confirmó a otros en la Reserva Federal y nombró a sus asesores económicos, todos ellos resultaron ser los mismos responsables del colapso del crédito en primer lugar. Estos funcionarios no sólo siguen el mismo peligroso curso de la administración anterior, sino que han aumentado las apuestas en varios órdenes de magnitud anunciando más y más gasto del gobierno, más deuda pública, y la creación de más dinero fiduciario.

La situación no es mejor en el Reino Unido, otro país que está esperando un cambio de guardia, y que podría tomar la iniciativa de poner fin pacíficamente al régimen de la moneda irredimible que agoniza ahora. Y esto para iniciar un debate nacional sobre el fracaso del sistema financiero, que se supone tendría que poner fin a las retiradas masivas de depósitos bancarios, a la deflación y a las depresiones, a las quiebras en serie y al desempleo y al retorno a la moneda sana y al manejo correcto de la contabilidad. Pero la Leal Oposición a su Majestad está maquinando la curación al colapso de la deuda mala mediante la inyección de más deuda mala.

Lo que esto significa es que no hay esperanza de cambio por medios pacíficos. Cuando el cambio finalmente llegue será mediante la violencia. Cuando el dolor económico infligido a la población alcance alturas insoportables, entonces el resultado será la anarquía y el caos. Esto es precisamente lo que la gran tradición monetaria de los países de habla inglesa debería evitar, descartar la moneda irredimible y ordenar un estándar monetario metálico.

Antal E. Fekete, 10 de junio de 2009.

Reconocimiento:
El autor se ha apoyado en gran medida en el artículo de Walter E. Spahr, tomado de la publicación trimestral Modern Age, en el número correspondiente al verano de 1960, bajo el título The Significance of Gold Standard.

Artículo Original: Fiat Money in Death Throes.

Introducción por Joaquín Ferrer Benat. Se han corregido algunas expresiones de la traducción original realizada por Rodrigo Díaz en este enlace.

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Responses

  1. El asunto no está en la plusvalía, sino en eso que se llama ‘precio’, y que tú lo defines como “decidimos que un tomate equivale a una manzana”. El precio no se define desde la cantidad de trabajo/energía que contiene, sino por lo que alguien pide (bid) y lo que otro ofrece (ask).

    Pero eso ya es otra historia. Y los mercados de materias primas y las bolsas es de lo que tratan. Juntar a todos los que ofrecen y piden para ‘descubrir’ el precio de las cosas. O lo que entre todos los participantes del mercado deciden en cada momento lo que valen las cosas. El asunto, por otro lado, es que parece más cómodo buscar algún sistema de precio/trabajo antes de llevar el producto a la plaza y liquidar cualquier negociación en función de vete a saber qué tablas y calculadas por quién en función de qué necesidades (mucha información). Pero el asunto es que las cosas valen en función de en qué cantidad se compran y en qué cantidad se venden. Y eso es insustituible, a no ser mediante violencia, como cuando alguien obliga vender todo al estado a cambio de un precio que alguien planifica de antemano como válido. Y entonces, cuando aparece alguien ofreciendo más (pongamos a 100 Km. de distancia), entonces la policía busca al vendedor ‘estraperlista’ y que quiere beneficiarse del arbitraje, para meterle entre rejas. Esa es la España de posguerra: la ruina.

  2. Si yo tengo un huerto donde cultivo tomates y mi vecino otro donde cosecha manzanas, y decidimos que un tomate equivale a una manzana, podremos comerciar tomates y manzanas por un valor equivalente, sin que nadie gane, pero tampoco pierda. Aunque sí habrá una simbiosis.
    Pero en un sistema que se basa en la plusvalía, lo que uno gana de más, es lo que otro recibe de menos. Hay ganadores y perdedores. Otra cosa será saber quién es quién en toda la cadena de producción.
    En mi opinión ignorante, creo que aquí se encuentra el origen de las desigualdades.
    Salu2.

  3. Sí, bastante curiosa la historia de este Rothschild. Allí, en Waterloo, estaba él contemplando la batalla con un buen catalejo. Napoleón, a pesar de las estupideces de dos de sus generales ( uno que se fue de descubierta y no tuvo luego la iniciativa para volver en apoyo del ejército; otro que, exaltado, se lanzó a una carga suicida de caballería contra la artillería inglesa ) tenía ya bastante acogotados a los ingleses, que ya daban por perdida la batalla. Pero en este momento se produjo la providencial – para los ingleses- aparición de los prusianos de Blücher. Aquí ya se torció la batalla para Napoleón.
    Rothschild se subió a un caballo, reventó otros dos o tres hasta llegar a la costa. Allí pagó una buena suma a un barquero. Cruzó el canal con muy mala mar y a punto estuvo de ahogarse. Después reventó otros tres caballos hasta que llegó a la bolsa de Londres donde le preguntaron el resultado de la batalla. “Hemos perdido”, contestó. La bolsa se desplomó y compró todo lo que pudo a precio de saldo. Cuando se conoció la victoria de Wellington la bolsa subió como la espuma.
    Antes estuvo por España comprando el papel que Wellington libraba contra el Banco de Inglaterra para abastecer a sus tropas. Ese papel no valdría nada si Inglaterra perdía la guerra. Lo compraba por una fracción mínima de su valor nominal y él lo cobraba en Londres por el 100%. Un buen negocio. Todo bastante sencillo: unas cuantas molestias y una mentira. Claro que pudo haberse quedado tranquilamente en su casa, pero no lo hizo.

  4. A pesar de todo lo que he leido a Fekete hay una cosa que me escama.

    ¿El oro en manos de quien está? Aunque “haya desparecido” no me creo que esté “repartido”.

    Aunque la solución Fekete sólo pase por hacer redimible lo fiat “abriendo” las puertas del Tesoro, no dejo de pensar en que los “fuertes” ya lo tienen bajo su control.

    Y esto viene a cuento de que no creo en un mundo feliz, ni tan siquiera más sensato.

    Sigo sin creerme que sea aplicable una solución totalitaria (benigna y basada en el trabajo, por ejemplo), por imposible, ni que los fuertes se dejen arrebatar el poder.

    Llámadlo pesimismo “ontológico” . Yo lo llamo simplemente la naturaleza del hombre.

  5. Ok. Pero recuerda que el tal Napoleón (sencillo y todo ejecución), perdió contra Wellington gracias al apoyo que este tenía de un afamado banquero que, como quien no quiere la cosa, se apoderó gracias a Waterloo de la deuda del reino en un plis-plas. Eso sí que es ejecución a costa de los anhelos imperialistas de un ególatra.

  6. “..el siempre difícil de comprender sistema monetario..” Yo, como Napoleón con la guerra, creo que es “muy sencillo y todo ejecución.” Cuando alguien quiere complicar lo sencillo denota que ese alguien nos quiere engañar. Tal ocurre con la política, el sistema monetario, el estado, la ley, el derecho, el estado de derecho…, todo una gigantesca estafa fácilmente desmontable pero que quiere pasar por ser accesible solo a sesudos juristas y economistas. Lo increíble es que todo esto se lo haya tragado el súbdito.

    Yendo al tema muy brevemente, hablaba del patrón trabajo frente al patrón oro. No veo razón para que un billete pueda estar respaldado por oro y no por el producto del trabajo del hombre.

    Yo admito que tu escrito es el resultado de un sincero pesar por la esclavitud a la que nos tienen sometidos. Hitler, por todos los demás conceptos el personaje más pernicioso de la Historia de Europa, demostró en cambio que se pueden hacer muchas cosas sin necesidad de los bancos y su maldito crédito. ¿Qué más quieres?

    Antes –y supongo que hoy seguirá siendo igual- el mercado del oro estaba manejado por tres tíos desde una muy modesta oficina de Londres ( a los que mandan de verdad les gusta pasar desapercibidos ) Tres tíos concretos, con nombres y apellidos concretos que, con el oro como patrón y a través del control de éste, deciden el precio de todos los bienes y servicios, desde el salario del trabajador hasta las “tarifas” de las prostitutas pasando por el precio de las naranjas. Demasiado poder para unos pocos ¿no? Aquí sí hay peligro de estado totalitario y, además, mundial. ¿Cómo conjurar este peligro?
    Por cierto, ni idea de quién sea la tal Ellen Brown,no tengo el honor, pero indagaré por la internet…

  7. Y hasta Keynes llegó a decir que el mejor sistema económico para poner en marcha sus principios era el de la Alemania de Hitler. Al menos eso es lo que viene a decir en el prólogo a la edición alemana de 1936, en plena época nazi:

    La teoría de la producción global, que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho más fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la producción y distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia y un grado considerable de laissez-faire.

    Y aquí es donde estamos ahora, caminando con paso firme hacia un nuevo estado totalitario.

    Por otro lado, la escasez de oro no coarta el avance de la economía, sino que la promociona aún más. Pues según aumenta la producción de bienes y servicios, si la cantidad de oro en circulación aumenta menos entonces gana poder adquisitivo, promocionándose el ahorro como premio para un economía sana que se expande sólo en función del poder adquisitivo, no del crédito.

  8. Esa información sobre Hitler supongo que la has leído en Web Of Debt, de Ellen Brown.
    Pero la Sra. Brown no aporta datos relevantes al respecto que son realmente importantes. Harías bien en informarte quién financió a la industria alemana para que pudiera tener esos excedentes en exportación. Por otro lado, Hitler mantuvo algo que se ha llamado inflación reprimida, que se conseguía gracias a los campos de concentración y unos tenderos vigilados y amedrentados por la policía militar del gobierno:

    Pero, desde que Hitler demostró hasta qué extremo y cuánto tiempo puede neutralizar un Gobierno la inflación mediante la economía coercitiva, habrá que preguntarse si en el futuro no habrá otro Gobierno que se decida a seguir el mismo camino en la medida que disponga de un aparato estatal que funcione. Pero cuanto más aumenta la inflación, tanto más se acentúa la presión, que se trata de compensar mediante la economía coercitiva. Y tanto más amplia y desconsiderada ha de ser también la economía coercitiva para poder detener la creciente presión de la inflación, siendo lícito que nos preguntemos si es posible semejante economía coercitiva sin la esclavitud del totalitarismo de que el Tercer Reich dio tan pavoroso ejemplo.

    En cualquier caso, demuestras poco conocimiento del siempre difícil de comprender sistema monetario, cuando dices que el papel moneda sólo sirve para empapelar y el oro para empastarse los dientes.

  9. Completamente cierto lo que comenta zaapax. El propio Churchill, cuando estaba de acuerdo con muchas de la afirmaciones de Hitler – Churchill compartía muchas ideas con Hitler, aunque esto ahora se oculte- lo dijo: “¿Es que el desarrollo de la Humanidad va a depender de que se descubran nuevas minas de oro?”.

  10. El oro es un corsé para el crecimiento, con el patrón oro muchos descubrimientos científicos no se habrían producido y con el dinero fiduciario se producen burbujas(pisos a 600.000€)
    Todo tiene sus cosas buenas y sus cosas malas

  11. ¿Que el oro nos traerá la libertad? No sé…, todo depende de quién controle el mercado del oro. Hay experiencia histórica sobre ello. Es más, creo que el patrón oro fue el desencadenante de la segunda guerra mundial.
    Cuando Hitler- que era tonto pero no tanto- quiso hacer las autopistas o importar carne de Argentina, los que controlaban el oro le dijeron: “no puedes, no tienes oro, y nosotros no te daremos crédito”.
    Pero hete aquí que Hitler pensó que no necesitaba oro. Para hacer las autopistas tenía trabajadores e ingenieros alemanes. El dinero fiduciario emitido para pagar a estos trabajadores e ingenieros no era inflacionista, puesto que estaba respaldado por unos bienes producidos, las autopistas. En definitiva: pasó del patrón oro al “patrón trabajo”.
    Tampoco necesitó oro para importar carne de Argentina: a cambio de x toneladas de carne envió x locomotoras diesel. Había redescubierto el trueque en el comercio internacional.
    Todo esto, patrón trabajo y trueque eran dos sistemas que atentaban contra el modo de vida de los que dominaban -y dominan- el mundo. La guerra mundial estaba servida.
    Además Hitler cometió el fallo de no teorizar sobre ello, es decir, agarrar a uno cualquiera de sus economistas aúlicos y encargarle que escribiera un libro sobre ello. Del libro habría surgido una controversia, y ya se sabe que cuando hay controversia-lo contrario de la conspiración de silencio- cunde el conocimiento.
    En fin, puede que el dinero fiduciario solo sirva para envolver el bocadillo, pero ¿para qué sirve el oro sino para hacerse unos dientes?

  12. Physis, eres grande !!!

    Pero no te olvides de lo mío……


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