Posteado por: physis | 19/07/2010

La dialéctica de lo “políticamente correcto” y la unidad como solución

Gracias a esta entrada en el blog de Francisco Llinares he podido leer una interesante entrevista a Vladimir Volkoff sobre el concepto de lo “políticamente correcto”. Como en ella se apunta a uno de los males más perversos de nuestra sociedad pero no se termina de resolver la problemática en la entrevista, no he podido resistirme acercar al lector este artículo de Francisco Canals titulado Monismo y Pluralismo en la vida social.

Volkoff define lo “políticamente correcto” como “la observación de la realidad, la sociedad y la historia en términos maniqueos”. Pero más adelante dice que nadie lo ha inventado porque “nace como consecuencia de la decadencia del espíritu crítico de la identidad colectiva ya sea social, nacional, religiosa o étnica”.

Sin darse cuenta define su origen cuando dice “en términos maniqueos”. Porque es precisamente en el maniqueísmo, el zoroastrismo y gnosticismo donde se encuentra el origen intelectual de la división dialéctica de la realidad. Por otro lado, incluye a la religión como un estrado más del maniquísmo y dice que la única solución se encuentra en el ejercicio de la “razón crítica”. Con independencia de lo que opine sobre la religión, la solución a la dialéctica no se encuentra en el mero ejercicio crítico de la razón, sino en cuanto ésta busca principios unitarios superiores que demuestran cómo la división dialéctica es mera apariencia y comprensión incompleta de la realidad. Por supuesto, esta comprensión unitaria puede aportarla tambien la fe.

Por otro lado, como bien apunta Volkoff, la dialéctica va íntimamente unida a la dualidad bueno-malo, donde ambos términos tienen entidad propia. Una falacia que se resuelve rápido demostrando que el mal no tiene entidad sino que es ausencia de lo bueno. Es decir, analfabeto se dice del que no sabe leer como enfermo se dice del que no tiene salud. La carestía no tiene entidad sino en cuanto referencia a algo, que es lo que entrega esa entidad por predicación negativa.

Las “trampas dialécticas” son tan útiles para encerrar al adversario en un argumento sin salida que es precisamente la estrategia que seguían los fariseos para que Jesús de Nazaret quedara a su merced, porque con independencia de lo que contestara caía en contradicción sobre sus principios evangelicos. De forma sorprendente sale siempre adelante poniendo un principio superior que resuelve la aparente contradicción.

Otro ejemplo dialéctico de trágicas consecuencias fue el famoso “quien no esté con nosotros está contra nosotros” del señor Bush cuando quería justificar la invasión de Irak. Esta frase tiene fácil solución invocando un principio superior de diplomacia no beligerante por falta de pruebas que justificaran el casus belli. Pero la característica actual de la dialéctica es que viene arropada de un poderoso aparato mediático que aprisiona al espíritu crítico y lo demoniza como disidente. Esto se consiguió mediante el shock colectivo que supuso el 11 de septiembre, aunque cada vez tiene más visos de ser un acto de terrorismo de estado que se ha imitado posteriormente en varios países. Prueba suficiente (para quien la acepte) de la sorprendente capacidad violenta que ha desarrollado el poder dialéctico de la política para imponer su voluntad sobre una población cada vez más medrosa y desnortada.

Advierto finalmente al lector que Canals es un pensador católico y en consecuencia establece un principio de unidad afín a sus principios. Este motivo tal vez sea suficiente para que deje de leer el artículo a partir de este momento todo el que sienta cierta fobia hacia el cristianismo o la trascendencia de la vida humana. No obstante, su análisis es válido con independencia del credo (o no credo) del lector pues es precisamente la razón la que descubre siempre el principio unitario y la fe sólo la presupone y perfecciona en esta búsqueda. Esto es además lo que encuentro a faltar en el análisis de Volkoff: ¿cómo puede desarmar la sociedad esa dialéctica de lo políticamente correcto? Pues estableciendo un principio de unidad social por encima de cualquier ejercicio dialéctico del poder.

Se acercan tiempos difíciles en los que la manipulación va a ser la herramienta útil para que unos lobos disfrazados de corderos guíen los destinos del común hacia el redil de sus voluntades. Temo que uno de los medios más coactivos será poner a la sociedad en sucesivos estados de pánico hasta quedar mansa y dócil como un ser lobotomizado. Nos conviene en consecuencia estar armados intelectualmente si aún se alberga la esperanza de que la libertad será el premio para el perseverante. Por eso espero que esta lectura les sea útil.

Monismo y pluralismo en la vida social

Se me había propuesto inicialmente que hablase en este Congreso (1) sobre el principio de totalidad y subsidiaridad. La reflexión sobre el tema propuesto, sobre su sentido, intención, su “estado de la cuestión” en el contexto de las ideologías políticas, me hizo caer en la cuenta de que también en este tema ocurría algo que no puede decirse que sea una particularidad, ya que nos hallamos en el mismo caso en todos los que se tratan en este Congreso y de algún modo en cualquier tema con que queramos enfrentarnos hoy.

Nos encontramos con la paradoja de que los que nos profesamos contrarevolucionarios tenemos conciencia de la sinceridad y cariño con que defendemos la doctrina de los cuerpos intermedios, de nuestra convicción de que en la realidad de tales cuerpos intermedios (que han sido en gran parte destruidos por la moderna revolución) se encuentra la garantía de la libertad del hombre. Pero también sabemos que ningún liberal, demócrata, socialista o comunista nos reconocería como defensores de la libertad, ni siquiera de la autonomía de la enseñanza o de la familia, a pesar de que tal vez sostengan ellos las tesis más opresoras en torno a estas cuestiones. Es decir, mientras nosotros acusamos, con razón, a la revolución desde su fase jacobina de haber aniquilado todas las libertades reales, somos nosotros mismos acusados como enemigos de la libertad, totalitarios, etc.

Sucede esto cotidianamente, hasta el punto de que al plantearse cualquier cuestión conexa con algo que haya sido alcanzado por el fenómeno revolucionario (y ya no queda ahora casi ninguna dimensión de la vida humana que no haya sido alcanzada por él) se comienza  enseguida, si no se adopta la consabida actitud que se dice exigida por el movimiento irreversible de la historia, a ser clasificado con algún ismo de este signo extremoderechista, ultra, retrógado o conservador. Hay que hacer innumerables esfuerzos de superación de equívocos y acumular sutilezas para explicar que uno no es reaccionario en el sentido de que se le acusa, aunque tampoco sea de “izquierdas” ni de “derechas” en el sentido habitual. Porque tampoco es “ni de derechas ni de izquierdas” en otro sentido que también está en la mente de todos.

Con esto es frecuente la perplejidad de quienes no saben dónde situarse, porque se encuentran sumergidos en un vertiginoso torbellino de tensiones que tienen ciertamente algo de preternatural.

Es preciso afrontar el problema de estas tensiones, de esta confusión que impide cualquier planteamiento sereno. Parece obligado a reflexionar y tratar de orientarse, aunque estemos en este maremágnum de corrientes encontradas, cuando los “ultramontanos” pasan a ser “fascistas” [véase al respecto la entrada correspondiente en la Wikipedia], aunque los “fascistas” verdaderos acusaran en su momento a los “ultramontanos” como aliados de los masones y los comunistas.

Pensando en esta problemática se desplazó mi atención desde el tema de la totalidad y la subsidiariedad en la vida social al más radical de la unidad y la pluralidad. Y en conexión con éste tema al del monismo y pluralismo como actitudes influyentes en el proceso de la historia contemporánea…

Me he preguntado muchas veces qué ha ocurrido en el mundo de hoy para que la verdad quede convertida, en la perpectiva de su apariencia en el plano sociológico, en un ismo parcial. Para que la ortodoxia íntegra se presente como una posición extremista. Para que la doctrina verdadera parezca la opción caprichosa de un grupo. Para que no haya manera de afirmar la verdad sin ser acusado de un enfrentamiento hostil a toda una serie de dimensiones de la realidad. Mi convicción es que el torbellino “dialéctico” en que estamos inmersos se constituye por una tensión preternatural, de inspiración satánica, por decirlo de forma más explícita.

He afirmado ya que no se dieron tales tensiones en los grandes momentos de plenitud de la historia cristiana. Pero si no encontramos estas tensiones en la cristiandad en cuanto tal, sí las hallamos en la política moderna a partir de los whigs y tories del siglo XVII. A partir de la Revolución Francesa el juego de tensiones se proyecta progresivamente sobre todas las dimensiones de la sociedad. Y en las últimas décadas sobre todas en las actividades artísticas, pedagógicas, técnicas, de médios de comunicación, de costumbres e incluso en el propio ámbito doméstico y familiar. Hoy ya no se puede escoger menú o vestido o calzado sin correr el riesgo de mostrarse como conservador o progresista.

Pero antes de que tal polaridad se manifestase en la política inglesa del siglo XVII podemos hallarla en ciertas corrientes filosóficas y teológicas a lo largo de los siglos, aunque por supuesto no dominaban el mundo como lo hacen hoy.

Constituye en nuestro tiempo una auténtica revelación el estudio de Marción, en cuyo sistema gnóstico se dio el precendente más vigoroso del dualismo maniqueo como herejía cristiana. Marción afirmó la existencia de dos dioses: de una parte el Dios de Israel (creador del mundo, justiciero, legislador y belicoso) y de otra el Padre de Jesucristo (no autoritario, ni legislador ni poderoso), cuya obra no es regir el mundo sino liberar al hombre de la esclavitud de la ley por el amor. Esta representación cuadra muy bien con lo que se podría entender como un “dios de derechas” el primero, pero “de izquierdas” el segundo.

Quien siga investigando a partir del descubrimiento de la antítesis marcionita, hallará el hilo conductor de los posteriores catarismos y de toda una “mitología dialéctica” plagada de tensiones y polaridades de contrarios antitéticos. Es cierto que nunca estuvo presente en la gnosis con la misma malicia que ahora está presente en la modernidad, pero es como podemos remontar hacia sus orígenes griegos y aún más, hacia el influjo que Grecia recibió muy probablemente del esoterismo mágico y sacerdotal de Oriente.

Aristóteles nos cuenta que ya algunos pitagóricos entendieron la realidad como estructurada y fundamentada no en un principio unitario, sino en una dualidad polar de elementos antitéticos que al mismo tiempo se exigen y se contraponen.

Si la esencia de todas las cosas es el número según los pitagóricos, en ellos se encuentra el enfrentamiento de lo par y lo impar. Algo así como una derecha y una izquierda en los números: la divisibilidad de los pares (el dos) es una fuente de indeterminación e inconsistencia, pero lo impar (el uno) lo es de determinación y consistencia.

A partir de este momento se sigue una cadena de tensiones: lo uno y lo múltiple, la derecha y la izquierda, lo masculino y lo femenino, lo estático y lo móvil, la luz y las tinieblas, el bien y el mal. Es decir, lo uno es masculino, estático, la luz y el bien. Lo múltiple es la izquierda, lo femenino, lo móvil, las tinieblas y el mal.

Podría parecernos algo peculiar hoy en día asociar esta dualidad al número. Pero si estamos atentos nos resulta de una actualidad sorprendente. Tanto el bien como el mal son interpretados como algo consistente y exigido por el ser mismo de las cosas, igual que sucedía en el dualismo maniqueo o el mazdeísmo y el pitagorismo. Pero también igual a como se suceden hoy los asuntos políticos. En efecto, el de derechas es enemigo de la pluralidad, machista, inmovilista y partidario de lo determinado. Por el contrario, el de izquierdas es plural, feminista, abierto al cambio y partidario de la indeterminación. Para el de la derecha el malo es el de la izquierda, pero para el de la izquierda el malo es el de la derecha. En ambos casos el mal (en este caso político) toma cuerpo en la oposición y deja de definirse como la ausencia de un deseado orden social de carácter unitario y universal. Es así como dimensiones objetivamente positivas de la sociedad se vuelven malas, pero al mismo tiempo otras negativas se vuelven buenas. Es así como se termina confundiendo todo al albur de la voluntad política del que gobierne según “matice” esos dualismos en beneficio de los que representa y acepte como “lo correcto en su política” unas cosas u otras.

¿Con quién simpatizamos? se nos suele preguntar. ¿Defiende a los movimientos feministas? ¿Qué le parece la pedagogía de la espontaneidad? ¿Es democrática la Iglesia católica? ¿Le gusta el arte abstracto? ¿Qué grado de libertad permite su moral? ¿Admite el divorcio? La respuesta a estas preguntas automáticamente nos sitúa en un bando u otro. Preguntas que precisamente se hacen para escindir y separar.

Pero ¡cuántas veces nos hemos tomado la molestia y el esfuerzo de definir la derecha y la izquierda como tensiones dialécticas aberrantes y llamar a un principio de unidad superior! No sería posible dar razón de lo que entendemos y sentimos por tales términos sin referirnos a un misterio de iniquidad que obra en la historia desde las religiones hostiles al Dios de Israel y en el que se encuentra el hilo conductor que conexiona una serie de actitudes que van desde las sectas gnósticas hasta el esoterismo cabalístico, pasando por la nueva Iglesia del aggiornamento, que es como la entendieron los medios de comunicación. Una pulsión en la historia donde la autonomía moral escinde fuera del ser lo bueno y lo malo para reconducirlo y someterlo a la entidad que concede la voluntad del hombre. Pero de un hombre a su vez escindido también de su propia identidad y enemistado según esas dualidades que se han ido construyendo especialmente desde la modernidad. La historia del siglo XX no es otra cosa mas que un ejemplo vivo de lo dicho.

Comienzan las soluciones: Dios es UNO

Orientemos ahora nuestra reflexión hacia una síntesis metafísica y teológica y hacia una visión del universo regida por la fe.

Dios es uno. “Escucha Israel. El Señor tu Dios es uno”. Dios, que es uno, ha creado al mundo y todo en él era bueno. Toda pluralidad y diversidad de los seres es efecto de la generosidad divina, del plan efusivo de su amor que comunica el bien. Por su bondad existen cosas varias y animales de toda especie y variedad de razas. Por su bondad existe también la mujer.

Incluso en la permisividad divina la misma contrariedad antitética de lo malo se subordina al bien del universo. Pero el mal entendido como privación y desorden, sin consistencia ni sustantividad. El mal no es un elemento del mundo y ningún elemento ni dimensión de la realidad es malo en sí mismo. La diversidad, la complejidad y el pluralismo manifiestan la generosidad del creador. No hay ninguna divinidad mala. Aunque es precisamente la caída de los espíritus angélicos y la acción del tentador sobre la humanidad lo que pone en marcha la lucha de las “dos ciudades” según recoge san Agustín. Pero esa ciudad del mal no tiene nada que aportar a la historia aunque la intente dominar. Pues todo lo que en ella tiene entidad y eficacia lo tiene precisamente por su soporte en la obra creadora de Dios y en las potencias entregadas por Dios al hombre y al mundo. El mal no obra si no es por virtud del bien, como ya enseñaron san Agustín y santo Tomás. Por eso sorprendemos siempre al mal actuando desde el bien o bajo su apariencia. Apoyándose en las dimensiones y elementos del mundo y de la vida mientras busca sus razones para el enfrentamiento contra el orden divino.

La unidad social

Si afirmamos la autoridad en el sentido en que ha sido ordenada por Dios toda potestad, diremos que ella procede de Dios para ordenar a su fin, a su bien, a aquellos a quienes el gobernante rige. El gobierno lo ejercen hombres y no puede ser un fin en sí mismo. Es un servicio a la sociedad de forma inmediata, pero mediatamente un servicio a Dios.

Pero si se define la autoridad sin atender a su origen divino, entonces automáticamente se pasa a justificar el poder como algo “divino” per se, sacralizando un elemento finito de la vida social aunque en apariencia el ropaje sea de ateísmo. Porque al final todo lo social queda supeditado a esta potestad civil, con obligaciones que terminan exigiendo la adhesión de todas las voluntades, pero esta vez desde la coacción o incluso desde la violencia.

A partir de ese momento, la soberbia de los hombres que se encumbran a sí mismos por encima de su semejantes provoca un rechazo de la multitud porque los súbditos no se sienten respetados en sus legítimos derechos. Y aquí aparece una antítesis revolucionaria en la propia multitud, que siente emanar de su voluntad colectiva la potestad que le justifica actuar contra la autoridad establecida.

Es la soberanía popular enfrentada de forma antitetica a la moarquía en cuanto monismo unilateral y autoritario que le niega su derecho de acceso al ejercicio del poder. La reacción contra el absolutismo posibilita así el atractivo liberador del principio “democrático”.

A partir de ese momento toda la revolución moderna se pone en marcha bajo el principio aludido en todos los países, incluidos los asiáticos contra las dinastías reinantes.

En el caso europeo, el “contrarrevolucionario” auténtico no defendía a la monarquía en cuanto tal, sino el orden legítimo frente a la revolución. Su “conrarrevolución” no era una revolución en sentido contrario. Por eso los de la Vendée no estaban defendiendo el Estado de Luis XIV, ni mucho menos la monarquía del despotismo ilustrado. Aunque el jacobinismo le acusara de absolutista en su intento de trasladar la obra monista y aplastante del racionalismo cartesiano a la esfera política. Una característica que precisamente ya había dirigido el propio estado de Luis XIV.

Igualmente, al interpretar nuestras guerras civiles no pocos historiadores de uno y otro bando han identificado el catolicismo como contrario al estado liberal y defensor del tradicionalismo, o contrario al republicanismo de izquierda y defensor del bando nacional. En ambos casos se adolece en la interpretación de esa tensión dialéctica antes mencionada y el que pretende desmontarla siempre parece llegar tarde en la tarea de aclarar las posiciones. Ni se defendía el absolutismo del “partido fernandino” en el primer caso, ni tampoco el alzamiento militar de los generales en el segundo. En ambos casos se defendía el orden social cristiano.

De la misma manera, hoy es acusado el católico de capitalista cuando defiende ese orden social contra el marxismo. Aunque algunos para zafarse de esta acusación planteen una posición de “tercera fuerza” como la democracia cristiana en un extremo o los cristianos por el socialismo en el otro.

El mismo juego dialéctico se puede considerar en una dimensión más inmediata. Es el caso cuando se defiende la primacía humana del varón en la vida humana y familiar desde una perspectiva de “derecha” maniquea de tipo pitagórico. En ese caso aparece automáticamente su antítesis feminista y defensora del papel social de la mujer. Pero cuando el debate entra en esta dialéctica se hace imposible que del diálogo polémico surja la claridad y la armonía en las posiciones. Porque toda afirmación es catalogada en uno u otro bando y cualquier afirmación de reconocimiento de un contrario sobre el otro se entenderá como síntesis de contrarios e inestable conciliación de lo antitético hasta que se construyan las nuevas tesis y antítesis.

Esto puede servir como ejemplo para comprender  lo que ha venido ocurriendo en la política. Ignorando toda síntesis armónica, la política se presenta regida por la imposición de opciones dualistas que se sintetizan ulteriormente en un movimiento inestable que define para muchos el ritmo mismo del progreso. Liberales frente a conservadores, demócratas frente a defensores del régimen. Aparece entonces una síntesis que suscita la nueva antítesis para dar lugar a demócratas-liberales frente a socialistas o liberales socialistas frente a comunistas. Por no hablar de comunistas populares frente a comunistas democráticos o nacionalistas-regionalistas frente a nacionalistas-estatalistas.

Frente a tales opciones debería poder mantenerse una actitud integradora y unitaria, sintética sin escisiones y sin superación de errores y parcialidades contrarias. Por eso, cuando me preguntan si soy de derecha o izquierda, si pienso que quien lo pregunta entiende la derecha o izquierda teniendo en su mente a Cánovas o Sagasta, Maura o Canalejas, Churchill o Atlee, Eisenhower o Kennedy, creo que debo responder que no soy en este sentido ni de derechas ni de izquierdas, ni “ni de derechas ni de izquierdas”. Lo que hay que procurar no olvidar, según decía mi maestro Ramón Orlandis, es que lo importante es la esperanza de estar a la derecha del Hijo del Hombre el día del juicio del Señor.

Los contrarios se complementan hacia la unidad

Pensemos en la unidad y en la pluralidad. Sólo la unidad está en el principio. Dios es uno. No hay otra multiplicidad que la que procede de Dios como origen y todo bien finito se constituye como participación de la bondad divina difusiva. Por eso toda la creación está cruzada por un régimen de unidad de orden y de finalidad, que exige constitutivamente multiplicidades, diversidades y correlaciones complementarias que el aristotelismo interpretó ontológicamente según la pareja acto-potencia, que es una síntesis sin antítesis. Varón y hembra, autoridad y comunidad, materia y forma, alma y cuerpo, razón y sensibilidad son todos ellos elementos complementarios y es maniqueo pensarlos como antitéticos.

El bien finito no puede catalogarse como par o impar, de derechas o de izquierdas. Según san Agustín tiene como dimensiones el modo, la especie y el orden. El modo es la concreción individual, la existencialidad, la conmesuración subjetiva y la receptividad material. La especie es la determinación esencial y la consistencia. El orden es la aspiración, el dinamismo comunicativo, la referencialidad, la exigencia de dependencia y la trabazón teleológica.

Por eso no son buenos los proletarios y malos los burgueses, como sucede en la revolución marxista. Tampoco son buenos los burgueses y malos los aristócratas, como en la Revolución Francesa. Tampoco son buenos los hijos y malos los padres, o buenas las esposas y malos los maridos como en el teatro de Ibsen. El bien finito exige “orden”, y el orden exige distinción y diversidad graduada con polaridades corrleativas.

Así entendida, la unidad de la vida social exige que no sea suprimida la pluralidad. Si quisiéramos hablar de un legítimo “pluralismo” habría que entenderlo sin referenciarlo de forma antitética a la unidad de orden y fin.

El origen absolutista de los jacobinos

Si pasamos al plano político podemos hallar, como observábamos más arriba, un unilateralismo monista destructor de la pluralidad ordenada. Ese es el absolutismo de la monarquía pos-renacentista. Afirmó el “derecho divino de los reyes” por inspiración de un humanismo antropocéntrico, aunque tomase a veces el nombre de Dios en vano y revistiera el orgullo del hombre con títulos derivados de la Sagrada Escritura.

El absolutismo afirmó la unidad en sentido unívoco racionalista. Y configurando al estado de este modo el despotismo ilustrado violentó y destruyó muchos elementos y dimensiones de la vida social. La misma necesidad humana de la libertad sirve de argumento y de fuerza a la antítesis que viene a conumar el aplastamiento de las libertades.

A continuación el estado jacobino agrava los defectos del Estado absoluto, precisamente por ser posibilitado como su antítesis. Así es como deja de invocar el derecho divino de los reyes y proclama el derecho divino de los pueblos. Pero pone el pricipio de unidad donde no puede residir, que es en la multitud en cuanto tal. Por eso resulta mucho más “uno e indivisible”, es decir mucho más opresor de los cuerpos sociales. Es ahora el estado absoluto del pueblo pero no ya con una orientación teocéntrica, sino panteísta. Por eso Donoso Cortés afirmó genialmente que la república y el socialismo son la práctica política de la filosofía panteísta.

Si comprendemos esta deriva totalitaria y panteista de la vida política entonces se nos tiene que hacer patente con fuerza la exigencia y necesidad de afirmar un principio de unidad política que sea al mismo tiempo trascendente a la multitud y pluralidad humanas con su orden correspondiente de jerarquías. El dinamismo natural del hombre a la felicidad es verdadero motor de la historia y del progreso. Los fines del hombre y de la sociedad no pueden constituirse desde un contrato, desde una voluntad general o desde una ley positiva. Hoy experimentamos con claridad en el ámbito internacional que no puede haber orden político sin la fe en Dios legislador del universo.

Los cuerpos intermedios en el Reino Unido

Si descendemos a algunas reflexiones prácticas sobre la vida contemporánea, podemos preguntarnos sobre las posibilidades de construir en nuestro mundo una unidad de orden que no sea destructora de la pluralidad o que no pretenda fundarse pluralísticamente en lo múltiple para terminar concluyendo un monismo destructor.

Merece especial atención el fenómeno del “partido único”. ¡Extraña paradoja un partido único! Se comienza reconociendo una representatividad en defensa de un colectivo social determinado. Y cuando se estructura como opción política su propia visión parcial se impone como unitaria, unificante y totalizadora.

Por eso la única opción que se presenta es escoger entre un pluralismo de partidos (aunque ya dice la Biblia que “todo reino dividido en facciones quedará destruido”) cuya misión es llegar al poder para suprimir a los otros (o sus programas políticos), lo que es obviamente mayor destrucción.

El hombre de mentalidad liberal-demócrata siente entusiasmo por la constitución política inglesa. Allí también se ha desplegado la dialéctica de las tensiones contrarias. Los tories del reinado de Jorge III ya habían realizado la síntesis entre los tories y los whigs del siglo XVII. Los conservadores del tiempo de Disraeli eran ya síntesis entre los de Wellington y los de la primera reforma electoral. Los conservadores de Winston Churchill sintetizaban a los conservadores y liberales del último periodo de la era victoriana. De hecho en la izquierda británica ya no se encuentra el liberalismo, sino el laborismo.

Pero hay muchas cosas que parecen sostenerse en Inglaterra desde los tiempos de Guillermo el Conquistador (algo por cierto muy elogiado por los liberales-demócratas de otros países aunque nunca transigen tales instituciones en su propia patria). En efecto, lo que en Inglaterra ha podido salvarse de la destrucción de la dialéctica revolucionaria ha sido por existir un principio de unidad por encima del pluralismo y de las oposiciones. Y no sólo han sido la corona, la Cámara Alta o la Iglesia anglicana, sino muy especialmente por la existencia de una pluralidad de organismos municipales, de corporaciones e instituciones que el despotismo ilustrado destruyó en otros países.

Siempre se reconoce en Inglaterra su ausencia de inmovilismo y su constante y flexible adaptación a la evolución de los tiempos. Pero se olvida en muchas ocasiones que en su sociedad permanecen elementos unitarios locales que han posibilitado pluralidades orgánicas y legítimas con respecto a los cuerpos intermedios.

¿Cuál es la solución?

Tenemos que situarnos ante lo político y lo social manteniendo firme la supremacía de la unidad, que se funda en definitiva en la soberanía de Dios. Y al mismo tiempo con la convicción de que el orden divino exige la jerarquización de todas las causas segundas en sus funciones según sus propios órdenes.

He querido con esto seguir algunas líneas centrales para una metafísica y teología sobre la unidad y pluralidad en la vida social y para una revisión crítica de un equívoco monismo o pluralismo.

Podríamos terminar apuntando una reflexión actual. No colabora con el orden un estado totalitario. Con un “fascismo de derechas” tendríamos lo que De Maistre denunciaba como una revolución de signo contrario. Es decir, una contrarevolución que termina contribuyendo a la misma obra desintegradora que pretende combatir.

¿Qué opción queda? ¿Acaso una solución “pluralista”? El pluralismo legítimo deberá tener su fundamento en el respeto a la espontaneidad y a la libertad de todos los indivíduos y colectivos que producen el dinamismo social. Todo el mundo está de acuerdo en que una cámara legislativa cuyas votaciones se produjeran siempre por unanimidad o en favor del partido del gobierno sería sospechosa. También entendemos que un tribunal donde nunca se producen votos discrepantes no puede aportar las suficientes garantías de independencia jurídica.

No obstante, no hay que prejuzgar que esta pluralidad es imposible de representar a no ser en la corriente de polaridades que permiten las diferentes facciones de los partidos políticos. Quien quisiese resolver el problema de una nación pensando que después de unos años de gobierno de la derecha son necesarios otros tantos de gobierno de la izquierda, tendrá que reconocer que no puede prever dónde se situará finalmente la última síntesis y si esta no comportará un corte brusco de la destrucción diléctica mediante la imposición de algún gobierno totalitario. Algo que por cierto ya ha sucedido en varios momentos de la historia.

Antes de terminar quiero decir que para hacer posible la unidad de la pluralidad es necesario que se mantenga firme en la sociedad como principio constituyente no ya sólo el derecho natural, sino muy especialmente la soberanía de Dios. Único principio que puede asegurar en lo político la armonía sintética y ordenada de la unidad y de la multiplicidad

Nuestra misión es contribuir a mantener prácticamente vigente en la sociedad una unidad que salve, potencie y lleve a su perfección consumada toda pluralidad ordenada. Y esto sólo se encuentra en el Reino de Cristo. Una profesión de fe que hoy todos aquí compartimos.

Muchas gracias.

Francisco Canals Vidal.

(1) Reunión de Amigos de la Ciudad Católica, que tuvo lugar en Madrid en octubre de 1967, sobre el tema de los cuerpos intermedios.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: